ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | страница 86
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
aproximó, dio la vuelta a la cama y se colocó detrás de él. La ciega continuaba su trabajo.
La mano levantó lentamente las tijeras, las hojas un poco separadas para penetrar como dos
puñales. En aquel momento, el último, el ciego pareció notar una presencia inesperada,
pero el orgasmo lo alejaba del mundo de las sensaciones comunes, lo privaba de reflejos,
No llegarás a gozar, pensó la mujer del médico, y bajó violentamente el brazo. Las tijeras
se enterraron con toda la fuerza en la garganta del ciego, girando sobre sí mismas lucharon
contra los cartílagos y los tejidos membranosos, luego, furiosamente, siguieron penetrando
hasta ser detenidas por las vértebras cervicales. El grito apenas se oyó, podía ser el
ronquido animal de quien está a punto de eyacular, como a otros les estaba ocurriendo, y
tal vez lo fuese, porque, al tiempo que un chorro de sangre le daba de lleno en la cara, la
ciega recibía en la boca la descarga convulsiva del semen. Fue el grito de la mujer lo que
alarmó a los ciegos, de gritos tenían experiencia sobrada, pero éste no era como los otros.
La ciega gritaba, sin entender lo que estaba ocurriendo, pero gritaba de dónde viene esta
sangre, probablemente, sin saber cómo, había hecho lo que por un momento pensó,
arrancarle el pene a dentelladas. Los ciegos dejaron a las mujeres, avanzaban a tientas, Qué
pasa, por qué gritas de ese modo, preguntaban, pero ahora la ciega tenía una mano sobre la
boca, alguien le decía al oído, Cállate, y luego notó que la empujaban suavemente hacia
atrás, No digas nada, era una voz de mujer y esto la tranquilizó, si tanto se puede decir en
semejante situación. El ciego contable venía delante, fue el primero en tocar el cuerpo que
había caído atravesado en la cama, en recorrerlo con las manos. Está muerto, dijo al cabo
de un momento. La cabeza colgaba hacia el otro lado del camastro, y la sangre seguía
fluyendo a borbotones, Lo han matado, dijo. Los ciegos parecían aturdidos, no podían
creer lo que oían, Que lo han matado, cómo, quién ha sido, Le han hecho una herida
enorme en la garganta, habrá sido la puta de mierda que estaba con él, tenemos que
atraparla. Se movieron otra vez los ciegos, más despacio ahora, como si tuvieran miedo de
ir al encuentro del arma que había matado a su jefe. No podían ver que el ciego de la
contabilidad metía precipitadamente las manos en los bolsillos del muerto, encontraba la
pistola y una bolsita de plástico con media docena de cartuchos. La atención de todos se
vio distraída súbitamente por el alarido de las mujeres, ya puestas en pie, presas del pánico,
queriendo salir de allí, pero algunas habían perdido la noción de dónde estaba la puerta de
la sala, fueron en dirección equivocada y tropezaron con los ciegos, éstos creyeron que los
atacaban, entonces la confusión de cuerpos alcanzó el delirio. Quieta, al fondo, la mujer del
médico esperaba la ocasión para escapar. Mantenía a la ciega firmemente agarrada, con la
otra mano empuñaba las tijeras, dispuesta a apuñalar al primer hombre que se acercara. De
momento, aquel espacio libre la favorecía pero sabía que no podía estar mucho tiempo allí.
Algunas mujeres consiguieron dar con la puerta, otras luchaban por liberarse de las manos
que las sujetaban, alguna intentaba estrangular al enemigo y añadir un muerto a otro
muerto. El ciego contable gritó a los suyos con autoridad, Calma, calma, vamos a resolver
esto, y con intención de hacer la orden más acuciante, disparó un tiro al aire. El resultado
fue precisamente el contrario. Sorprendidos al ver que la pistola ya estaba en otras manos y
que, en consecuencia, iban a tener un nuevo jefe, los ciegos dejaron de luchar con las cie-
gas, desistieron de su intento de dominarlas, uno de ellos había incluso desistido de todo
porque acaba de ser estrangulado. Fue entonces cuando la mujer del médico decidió
avanzar. Dando golpes a diestro y siniestro, se fue abriendo camino. Ahora eran los ciegos
quienes gritaban, se atropellaban, pasaban unos sobre otros, quien tuviera ojos para ver,
comprobaría que, comparada con ésta, la primera confusión era sólo un juego. La mujer
del médico no quería matar, sólo quería salir, y lo más rápido posible, sobre todo, no dejar
detrás ninguna ciega. Probablemente ése no va a sobrevivir, pensó cuando clavó las tijeras
en un pecho. Se oyó otro tiro, Vamos, vamos, decía la mujer del médico empujando ante
ella a las ciegas que encontraba en su camino. Las ayudaba a levantarse, y repetía, Rápido,
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