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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
acostó a la ciega de los insomnios en el camastro que le había pertenecido. No le importó
la posible extrañeza de los otros, al fin toda la gente sabía que ella era la ciega que mejor
conocía los rincones de la casa. Está muerta, repitió. Cómo fue, preguntó el médico, pero la
mujer no respondió, la pregunta de él podía ser lo que parecía significar, Cómo murió, pero
también podría ser, Qué os han hecho, ni para una ni para otra habría respuesta, murió,
simplemente, no importa de qué, preguntar de qué ha muerto alguien es estúpido, con el
tiempo se olvida la causa, sólo la palabra queda, Murió, y nosotras ya no somos las mismas
mujeres que de aquí salimos, las palabras que ellas dirían ya no las podemos decir
nosotras, y en cuanto a las otras, lo innominable existe, y ése es su nombre, nada más. Po-
déis ir a buscar la comida, dijo la mujer del médico. El azar, el hado, la suerte, el destino o
como se llame exactamente lo que tantos nombres tiene, están hechos de pura ironía, no se
puede entender de otro modo que fueran precisamente los maridos de estas dos mujeres los
elegidos para representar a la sala y recoger los alimentos cuando nadie imaginaba que el
precio acabaría siendo el que habían pagado. Podrían haber sido otros hombres, solteros,
libres, sin un honor conyugal que defender, pero tuvieron que ser éstos, seguro que ahora
no van a querer pasar la vergüenza de tender la mano de la limosna a los salvajes y a los
malvados que violaron a sus mujeres. Lo dijo el primer ciego con todas las letras de una
firme decisión, Que vaya quien quiera, yo no voy, Yo iré, dijo el médico, Yo voy con
usted, dijo el viejo de la venda negra, No va a ser mucha la comida, pero pesará, Para
transportar el pan que como aún me quedan fuerzas, Lo que más pesa es siempre el pan de
los otros, No tengo derecho a quejarme, el peso de la parte de los otros es el que pagará mi
alimento. Imaginemos, no el diálogo, que ése queda dicho, sino a los hombres que lo
sostuvieron, están uno frente al otro como si se pudieran ver, que en este caso no es
imposible, basta con que la memoria de cada uno haga brotar de la deslumbrante blancura
del mundo, la boca que está articulando las palabras, y después, como una lenta irradiación
a partir de ese centro, el resto de las caras irá apareciendo también, una de hombre viejo,
otro no tanto, no se diga que es ciego quien así es capaz de ver. Cuando se alejaban para
cobrar el salario de la vergüenza, y como el primer ciego protestaba, la mujer del médico
dijo a las otras mujeres, Quedaos aquí, vuelvo en seguida. Sabía lo que quería, no sabía si
lo iba a encontrar. Quería un cubo o algo que sirviera como tal, quería llenarlo de agua,
aunque fétida, aunque podrida, quería lavar a la ciega de los insomnios, limpiarle la sangre
propia y la mocada ajena, entregarla purificada a la tierra, si algún sentido tiene aún hablar
de purezas de cuerpo en este manicomio en el que vivimos, que las del alma, ya se sabe, no
hay quien pueda alcanzarlas.
En las amplias mesas del refectorio había ciegos tumbados, De un grifo mal cerrado
salía un hilillo de agua. La mujer del médico miró a su alrededor en busca de un cubo, un
recipiente, pero no vio nada que pudiera servirle. A uno de los ciegos le extrañó aquella
presencia, preguntó, Quién anda ahí. Ella no respondió, sabía que no iba a ser bien
recibida, nadie le iba a decir, Quieres agua, pues llévatela, y si es para lavar a una muerta,
toda
la
que
necesites.
En
el
suelo,
desperdigadas, había bolsas de plástico de las de la comida, grandes algunas. Supuso que
estarían rotas, luego pensó que usando dos o tres, metidas unas en otras, sería poca el agua
que se perdiera. Actuó rápidamente, los ciegos bajaban ya de las mesas y preguntaban,
Quién está ahí, más alarmados cuando oyeron el ruido del agua que corría, avanzaron en
aquella dirección, la mujer del médico empujó una mesa para que no pudieran acercarse,
volvió después a la bolsa, el agua fluía lentamente, desesperada forzó la manilla y
entonces, como si la hubieran liberado de una prisión, el agua salió con fuerza y la salpicó
de pies a cabeza. Los ciegos se asustaron y retrocedieron, pensaron que se había reventado
una cañería, y más razón tuvieron para pensarlo cuando el agua les mojó los pies, no po-
dían saber que fue derramada por el extraño que había entrado, porque la mujer
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