ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 82
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
mientras tendía el brazo hacia la mujer del médico, No tengas celos, ahora voy por ti, y
luego, subiendo el tono, Eh, podéis venir a por ésta, pero a ver si la tratáis con cariño, que
aún la puedo necesitar. Media docena de ciegos avanzaron en tropel por el pasillo central,
pusieron sus manos sobre la chica de las gafas oscuras, se la llevaron casi a rastras,
Primero yo, primero yo, decían todos. El ciego de la pistola se había sentado en la cama, el
sexo flácido estaba posado en el borde del colchón, los pantalones enrollados sobre los
pies. Arrodíllate aquí, entre mis piernas, dijo. La mujer del médico se arrodilló. Chupa, dijo
él. No, dijo ella, O chupas o te muelo a palos y te vas sin comida, dijo él, No tienes miedo
de que te la arranque de un mordisco, preguntó ella, Puedes intentarlo, tengo las manos en
tu cuello, te estrangulaba antes de que me hicieras sangre, respondió él. Luego dijo,
Reconozco tu voz, Y yo tu cara, Eres ciega, no me puedes ver, No, no te puedo ver, Enton-
ces, por qué dices que reconoces mi cara, Porque esa voz sólo puede tener esa cara, Chupa
y déjate de charla fina, No, O chupas, o tu sala no verá nunca más una migaja de pan, vas y
les dices que si no comen es porque te negaste a chuparme, y luego vuelves para contarme
qué ha pasado. La mujer del médico se inclinó hacia delante, con las puntas de dos dedos
de la mano derecha cogió y alzó el sexo pegajoso del hombre, la mano izquierda se apoyó
en el suelo, tocó los pantalones, tanteó, sintió la dureza metálica y fría de la pistola, Puedo
matarlo, pensó. No podía. Con los pantalones así como estaban, enrollados sobre los pies,
era imposible llegar al bolsillo donde se encontraba el arma. No lo puedo matar ahora,
pensó. Avanzó la cabeza, abrió la boca, la cerró, cerró los ojos para no ver, empezó a
chupar.
Amanecía cuando los ciegos malvados dejaron ir a las mujeres. La ciega de los
insomnios tuvo que ser llevada en brazos por sus compañeras, que apenas podían, ellas
mismas, arrastrarse. Durante horas habían pasado de hombre en hombre, de humillación en
humillación, de ofensa en ofensa, todo lo que es posible hacerle a una mujer dejándola con
vida. Ya sabéis, el pago es en especies, decidles a los hombrecitos que vengan por la sopa
boba, las escarneció aún más al despedirlas el ciego de la pistola. Y añadió chocarrero,
Hasta la vista, chicas, e iros preparando para la próxima sesión. Los otros ciegos repitieron
más o menos a coro, Hasta la vista, algunos dijeron chicas, otros dijeron putas, pero se les
notaba la fatiga en la escasa convicción de las voces. Sordas, ciegas, calladas, a tumbos,
sólo con la voluntad suficiente para no dejar la mano de la que llevaban delante, la mano,
no el hombro como cuando vinieron, ninguna podría responder si le preguntasen, Por qué
vais con las manos cogidas, ocurrió así, hay gestos para los que no se puede encontrar una
explicación fácil, a veces ni la difícil se encuentra. Cuando atravesaron el zaguán, la mujer
del médico miró hacia fuera, allí estaban los soldados, había también un camión que estaría
distribuyendo la comida por las cuarentenas. En aquel preciso instante la ciega de los
insomnios cayó, literalmente, como si le hubiesen segado las piernas de un tajo, también el
corazón se le fue abajo, ni acabó la sístole que había iniciado, al fin sabemos por qué esta
ciega no conseguía dormir, ahora dormirá, no la despertemos. Está muerta, dijo la mujer
del médico, y su voz no tenía ninguna expresión, si era posible que una voz así, tan muerta
como la palabra que había dicho, saliera de una boca viva. Levantó en brazos el cuerpo
repentinamente descoyuntado, las piernas ensangrentadas, el vientre torturado, los pobres
senos descubiertos, marcados con furia, una mordedura en el hombro, Éste es el retrato de
mi cuerpo, pensó, el retrato del cuerpo de cuantas aquí
vamos, entre estos insultos y nuestros dolores no hay más que una diferencia, nosotras, por
ahora, todavía estamos vivas. Adónde la llevamos, preguntó la chica de las gafas oscuras,
De momento a la sala, más tarde la enterraremos, dijo la mujer del médico.
Los hombres esperaban en la puerta, sólo faltaba el primer ciego, que se había
vuelto a cubrir la cabeza con la manta al notar que venían las mujeres, y el niño estrábico,
que estaba durmiendo. Sin vacilar, sin necesidad de contar las camas, la mujer del médico
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