ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 71

Ensayo Sobre La Ceguera José Saramago podían ver. Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el marco de la puerta, en la misma posición en que había visto a la ciega de la sala, y mirando hacia el frente, como ella. Estaba fría la noche, el viento soplaba a lo largo de la fachada del edificio, parecía imposible que aún hubiera viento en el mundo, que fuese negra la noche, no, lo decía por ella, pensaba en los ciegos para quienes el día duraba siempre. En la luz apareció otra silueta, debía de ser el relevo de la guardia, Sin novedad, estaría diciendo el soldado que irá a la tienda, a dormir el resto de la noche, no imaginaban ellos lo que estaba pasando detrás de aquella puerta, probablemente no les había llegado el ruido de los disparos, una pistola común no hace un gran estruendo. Unas tijeras aún menos, pensó la mujer del médico. No se preguntó inútilmente de dónde le vino tal pensamiento, sólo se sorprendió de la lentitud de su llegada, cómo la primera palabra había tardado tanto en aparecer, el vagar de las siguientes, y cómo después encontró que el pensamiento ya estaba allí, donde quiera que fuese, y sólo le faltaban las palabras, como un cuerpo que buscase, en la cama, la concavidad que había sido preparada para él por la simple idea de acostarse. El soldado se acercó al portón, pese a estar a contraluz se nota que mira hacia este lado, debe de haber reparado en aquel bulto inmóvil, pero no hay luz bastante para distinguir que es una mujer sentada en el suelo, con los brazos agarrando las piernas y el mentón apoyado en las rodillas, entonces el soldado apunta el foco de una linterna hacia este lado, no hay duda, es una mujer que se está levantando ahora con un movimiento tan lento como antes había sido el pensamiento, pero esto no puede saberlo el soldado, lo que él sabe es que tiene miedo de aquella figura que parece no acabar nunca de levantarse, se pregunta si debe dar la alarma, inmediatamente decide que no, es sólo una mujer, y está lejos, en todo caso, y por si las moscas, apunta preventivamente el arma, pero para hacerlo tuvo que dejar la linterna, en ese momento el foco luminoso le dio de lleno en los ojos, como una quemadura instantánea le quedó en la retina una sensación de deslumbramiento. Cuando se restableció la visión, la mujer había desaparecido, ahora este centinela no podrá decir a quien venga a relevarle, Sin novedad. La mujer del médico está ya en el lado izquierdo, en el corredor que la llevará a la tercera sala. También aquí hay ciegos durmiendo en el suelo, más que en el ala derecha. Camina sin hacer ruido, despacio, siente que el suelo viscoso se le pega a los pies. Mira para dentro de las dos primeras salas, y ve lo que esperaba ver, los bultos tumbados bajo las mantas, un ciego que tampoco consigue dormir y lo dice con voz desesperada, oye los ronquidos entrecortados de casi todos. En cuanto al olor que esta humanidad desprende, no le extraña, no hay otro en todo el edificio, es también el olor de su propio cuerpo, de las ropas que viste. Al doblar la esquina para ir hacia el corredor que da acceso a la tercera sala, se detuvo. Hay un hombre en la puerta, otro centinela. Tiene un garrote en la mano, hace con él movimientos lentos, a un lado y a otro, como para interceptar el paso de alguien que pretenda aproximarse. Aquí no hay ciegos durmiendo en el suelo, el corredor está libre. El ciego de la puerta sigue con su vaivén uniforme, parece que no se cansa, pero no es así, pasados unos minutos cambia el garrote de mano y vuelve a empezar. La mujer del médico avanzó pegándose a la pared del otro lado, con