ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | 页面 72
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
favorable para atacarla. Esos ojos no están ciegos, pensó alarmada. Sí, claro que estaban
ciegos, tan ciegos como los de todos los que viven bajo estos techos, entre estas paredes,
todos, todos, excepto ella. En voz baja, casi un susurro, el hombre preguntó, Quién está
ahí, no gritó como los centinelas de verdad, Quién vive, la respuesta sería Gente dé paz, y
él diría Pase de largo, no fue así como ocurrieron las cosas, sólo movió la cabeza como si
se respondiera a sí mismo, Qué locura, aquí no puede haber nadie, a estas horas está todo el
mundo durmiendo. Palpando con la mano libre, retrocedió y, tranquilizado por sus propias
palabras, dejó caer los brazos. Tenía sueño, llevaba mucho tiempo esperando al compañero
que viniese a relevarlo, pero para eso era preciso que el otro, a la voz interior del deber, se
despertase por sí mismo, que allí no había despertadores ni manera alguna de usarlos.
Cautelosamente, la mujer del médico se acercó a la otra jamba y miró hacia dentro. La sala
no estaba llena. Hizo un recuento rápido, le pareció que debían de ser unos diecinueve o
veinte. En el fondo vio unas cuantas cajas de comida apiladas, otras estaban encima de las
camas desocupadas, Era de esperar, no dan toda la comida que reciben, pensó. El ciego
pareció otra vez inquieto, pero no hizo ningún movimiento para investigar. Pasaban los mi-
nutos. Se oyó una tos fuerte, de fumador, llegada de dentro. El ciego volvió la cabeza
ansioso, al fin podría irse a dormir. Ninguno de los que estaban acostados se levantó.
Entonces, el ciego, lentamente, como si tuviera miedo de que lo sorprendiesen en delito de
flagrante abandono de puesto o infracción de las reglas por las que los centinelas están
obligados a regirse, se sentó en el borde de la cama que tapaba la entrada. Cabeceó aún
unos momentos, pero luego se dejó ir en el río del sueño, lo más seguro es que al hundirse
en él pensara, No tiene importancia, nadie me ve. La mujer del médico volvió a contar a
los que dormían dentro, Con éste son veinte, al menos se llevaba de allí una información
segura, no había sido inútil la excursión nocturna, Pero habrá sido sólo para esto por lo que
he venido, se preguntó a sí misma, y no quiso darse respuesta. El ciego dormía apoyando la
cabeza en el marco de la puerta, el garrote había resbalado sin ruido hasta el suelo, allí
estaba un ciego desarmado y sin columnas para derribar. Deliberadamente, la mujer del
médico quiso pensar que este hombre era un ladrón de comida, que robaba lo que a los
otros pertenecía en justicia, que la hurtaba de la boca de los niños, pero aun pensándolo no
llegó a sentir desprecio, ni siquiera una leve irritación, sólo una extraña piedad ante el
cuerpo caído, con la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello recorrido por venas gruesas. Por
primera vez desde que salió de la sala se estremeció, parecía que las losas del suelo le
estaban helando los pies, como si se los quemaran, Ojalá no sea fiebre, pensó. No lo sería,
sería sólo una fatiga infinita, unas ganas locas de envolverse a sí misma, los ojos, ah, sobre
todo los ojos, vueltos hacia dentro, más, más, más, hasta poder alcanzar y observar el
interior de su propio cerebro, allí donde la diferencia entre el ver y el no ver es invisible a
simple vista. Lentamente, aún más lentamente, arrastrando el cuerpo, volvió hacia atrás,
hacia el lugar al que pertenecía, pasó al lado de ciegos que parecían sonámbulos,
sonámbula también para ellos, ni siquiera tenía que fingir que estaba ciega. Los ciegos
enamorados ya no tenían las manos enlazadas, dormían tumbados de lado, encogidos para
conservar el calor, ella en la concha formada por el cuerpo de él, al fin, mirando mejor, sí,
se habían dado las manos, el brazo de él por encima del cuerpo de ella, los dedos
entrelazados. Dentro, en la sala, la ciega que no conseguía dormir continuaba sentada en la
cama, esperando que la fatiga del cuerpo fuese tanta que acabase por rendir la resistencia
obstinada de la mente. Todos los otros parecían dormir, algunos con la cabeza tapada,
como si buscaran una oscuridad imposible. Sobre la mesita de noche de la chica de las
gafas oscuras se veía el frasquito de colirio. Los ojos ya estaban curados, pero ella no lo
sabía.
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