ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 70
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
fuera, asentó los pies en el suelo, buscó los zapatos. Cuando iba a calzárselos, se detuvo,
los miró fijamente, después movió la cabeza y, sin ruido, los dejó en el suelo. Pasó al
corredor entre las camas y fue andando lentamente en dirección a la puerta de la sala. Los
pies descalzos sentían la inmundicia pegajosa del suelo, pero ella sabía que fuera, en los
pasillos, sería mucho peor. Iba mirando a un lado y a otro, por si encontraba algún ciego
despierto, aunque hubiera alguno vigilando, o toda la sala, no tenía importancia, con tal de
que no hiciese ruido, y por más que lo hiciese, sabemos a cuánto obligan las necesidades
del cuerpo, que no escogen horas, en fin, lo que no quería es que el marido se despertara y
notase la ausencia a tiempo aún de preguntarle, Adónde vas, que es, probablemente, la
pregunta que más hacen los hombres a sus mujeres, la otra es Dónde has estado. Una de las
ciegas estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera, la mirada vacía
clavada en la pared de enfrente, sin conseguir alcanzarla. La mujer del médico se detuvo
un momento como si dudara tocar aquel hilo invisible que flotaba en el aire, como si un
simple contacto pudiera destruirlo irremediablemente. La ciega alzó el brazo, debía de
haber percibido una leve vibración en la atmósfera, después lo dejó caer, desinteresada, le
bastaba con no poder dormir por culpa de los ronquidos del vecino. La mujer del médico
continuó andando, cada vez más deprisa a medida que se aproximaba a la puerta. Antes de
seguir en dirección al zaguán, miró a lo largo del corredor que llevaba a las otras salas de
este lado, más adelante estaban las letrinas, y al fin la cocina y el refectorio. Había ciegos
tumbados junto a las paredes, eran de aquellos que a la llegada no fueron capaces de
conquistar una cama, o porque en el asalto se quedaron atrás, o porque les faltaron fuerzas
para disputarla y vencer en la lucha. A diez metros, un ciego estaba tumbado encima de
una ciega, él aprisionado entre las piernas de ella, lo hacían lo más discretamente que
podían, eran de los discretos en público, pero no se necesitaba tener el oído muy apurado
para saber en qué se ocupaban, mucho menos cuando uno y otro no pudieron reprimir los
jadeos y los gemidos, alguna palabra inarticulada, que son señales de que todo aquello
estaba a punto de acabar. La mujer del médico se quedó parada mirándolos, no por envidia,
que tenía a su marido y la satisfacción que él le daba, sino por causa de una impresión de
otra naturaleza para la que no encontraba nombre, podría ser un sentimiento de simpatía,
como si estuviera pensando en decirles, No se preocupen, sigan, también sé yo lo que es
eso, podría ser un sentimiento de compasión, Aunque ese instante de goce supremo pudiera
duraros la vida entera, nunca los dos que sois podréis llegar a ser uno solo. El ciego y la
ciega descansaban ahora, separados ya, uno al lado del otro, pero seguían cogidos de la
mano. Eran jóvenes, tal vez novios, fueron al cine y allí se quedaron ciegos, o un azar
milagroso los juntó aquí, y, siendo así, cómo se reconocieron, vaya por Dios, por las voces,
hombre, por las voces, que no es sólo la voz de la sangre la que no necesita ojos, el amor,
que dicen que es ciego, tiene también su palabra que decir. Lo más probable, con todo, es
que los hubieran atrapado al mismo tiempo en una redada de ciegos, en ese caso, las manos
enlazadas no son de ahora, están así desde el principio.
La mujer del médico suspiró, se llevó las manos a los ojos, necesitó hacerlo porque
estaba viendo mal, pero no se asustó, sabía que sólo eran lágrimas. Después continuó su
camino. Una vez en el zaguán, se acercó a la puerta que daba a la cerca exterior. Miró
hacia fuera. Tras el portón había una luz, y sobre ella la silueta negra de un soldado. Del
otro lado de la calle las casas estaban todas a oscuras. Salió al rellano. No había peligro.
Aunque el soldado viera su silueta, sólo dispararía si ella, tras bajar la escalera, se
aproximara, después de una advertencia, a aquella otra línea invisible que era para él la
frontera de su seguridad. Habituada ya a los ruidos continuos de la sala, a la mujer del
médico le sorprendió aquel silencio, un silencio que parecía estar ocupando el espacio de
una ausencia, como si la humanidad, toda ella, hubiera desaparecido, dejando sólo una luz
encendida y un soldado guardándola, a ella y a un resto de hombres y de mujeres que no la
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