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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
llevó a casa, es verdad, pero luego se aprovechó de mi estado para robarme el coche, No es
verdad, yo no robé nada, Lo robó, sí señor, lo robó, Si alguien le birló el coche, no fui yo, y
el pago que he recibido por mi buena acción es quedarme ciego, además, dónde están los
testigos, a ver, los testigos, La discusión no resuelve nada, dijo la mujer del médico, el
coche está ahí fuera y ustedes están aquí dentro, es mejor que hagan las paces, recuerden
que vamos a tener que vivir aquí juntos, Sé muy bien quién no va a vivir con él, ustedes
hagan lo que les dé la gana, pero yo me voy a otra sala, no me quedo aquí con un bribón
como éste, capaz de robarle a un ciego, se queja de que por mi culpa se quedó ciego, pues
eso demuestra que todavía hay justicia en el mundo. Cogió la maleta y, arrastrando los pies
para no tropezar, tanteando con la mano libre, salió al pasillo que separaba las dos filas de
camas, Dónde están las otras salas, preguntó, pero no llegó a oír la respuesta, si es que
alguien se la dio, porque de repente le cayó encima una confusión de brazos y piernas, el
ladrón del coche cumplía como podía su amenaza de desquite contra el causante de sus
males. Uno abajo, otro encima, rodaron por aquel apretado espacio, mientras, de nuevo
asustado, el niño estrábico volvía a llorar y a llamar a su madre. La mujer del médico tomó
al marido por el brazo, sabía que sola no iba a poder acabar con la pelea, y lo llevó por el
corredor hasta el lugar donde se debatían, jadeantes, los furiosos combatientes. Guió las
manos del marido, ella personalmente se encargó del ciego que estaba más cerca, y así, con
gran esfuerzo, consiguieron separarlos. Se están comportando ustedes estúpidamente, gritó
el médico, si lo que quieren es convertir esto en un infierno, pueden seguir, van por buen
camino, pero recuerden que estamos entregados a nosotros mismos, que no vamos a recibir
ninguna ayuda de fuera, ya han oído lo que dijeron, Es que me robó el coche, se lamentó el
primer ciego, más deteriorado que el otro, Y qué importa el coche ahora, dijo la mujer del
médico, cuando se lo robaron tampoco podía servirse de él, Pero era mío, y este ladrón se
lo llevó no sé adónde, Lo más probable, dijo el médico, es que su coche esté en el sitio
donde este hombre se quedó ciego, Tiene usted razón, doctor, se nota que sabe, allí estará
sin duda, dijo el ladrón. El primer ciego hizo un movimiento como para soltarse de las
manos que lo sujetaban, pero sin forzar, como si hubiese comprendido que ni la
indignación, por justificada que estuviese, iba a devolverle el coche, ni el coche iba a
devolverle la vista. Pero el ladrón amenazó de nuevo, Si crees que no te va a ocurrir nada,
te equivocas, sí, fui yo quien te robó el coche, pero tú me has robado a mí la vista de mis
ojos, a ver quién de los dos es más ladrón, Acaben de una vez, protestó el médico, todos
aquí estamos ciegos y no nos quejamos, ni acusamos a nadie, Mucho me importa a mí el
mal de los otros, dijo el ladrón, desdeñoso, Si quiere irse a otra sala, dijo el médico al
primer ciego, mi mujer podrá llevarlo, ella se orienta mejor que yo, He cambiado de idea,
prefiero quedarme aquí. El ladrón se burló, El niño tiene miedo a estar allí solito, no se le
vaya a aparecer un sacamantecas que yo sé, Basta, gritó el médico, impaciente, Mire,
doctorcillo, rezongó el ladrón, aquí todos somos iguales, a mí no me da usted órdenes, No
le estoy dando órdenes, sólo le digo que deje a ese hombre en paz, Sí, sí, pero cuidadito
conmigo, que no se me hinchen las narices, que pronto se me acaba la paciencia, que, a
bueno, no hay otro como yo, pero a las malas nadie me gana. Con gestos y movimientos
agresivos, el ladrón buscó la cama donde había estado sentado, empujó la maleta debajo y
dijo luego, Me voy a acostar, y por el tono fue como si dijese Vuélvanse, que me voy a
desnudar. La chica de las gafas oscuras le dijo al niño estrábico, Tú también tienes que
meterte en cama, ponte aquí, a este lado, y si de noche necesitas algo, me lo dices, Quiero
hacer pipí, dijo el niño. Al oírlo, todos sintieron unas súbitas y urgentes ganas de orinar,
pensaron, con éstas o con otras palabras, A ver cómo se resuelve eso ahora, el primer ciego
palpó debajo de la cama, buscando un orinal, pero, al mismo tiempo deseando que no lo
hubiera porque le daría vergüenza orinar en presencia de otras personas, que no podrían
verlo, desde luego, pero el ruido es indiscreto, indisimulable, los hombres, al menos,
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