ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 24
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pueden usar un truco que no está al alcance de las mujeres, en eso tienen más suerte. El
ladrón se había sentado en la cama, y decía ahora, Mierda, a ver dónde se mea en esta casa,
Ojo con las palabras, que hay un niño, protestó la chica de las gafas oscuras, Sí, guapita,
pues a ver si encuentras un sitio o verás cómo tu chiquillo se mea por las patas abajo. Dijo
la mujer del médico, Tal vez pueda dar yo con los retretes, recuerdo haber notado por ahí
un olor, Yo voy con usted, dijo la chica de las gafas oscuras cogiendo de la mano al niño,
Mejor será que vayamos todos, observó el médico, así sabremos el camino, Te entiendo,
amigo, esto lo pensó el ladrón del coche, pero no se atrevió a decirlo en voz alta, lo que tú
no quieres es que tu mujercita tenga que llevarme a mear cuando me apetezca. El
pensamiento, por el segundo sentido implícito, le provocó una pequeña erección que le
sorprendió, como si el hecho de estar ciego debiera tener como consecuencia la pérdida o
disminución del deseo sexual, Bien, pensó, no se ha perdido todo, entre muertos y heridos
alguno escapará, y, desentendiéndose de la conversación, empezó a fantasear. No le dieron
tiempo, el médico ya estaba diciendo, Formamos una fila, mi mujer va delante, cada uno
pone la mano en el hombro del que va ante él, así no habrá peligro de que nos perdamos.
El primer ciego dijo, Yo con ése no voy, se refería, obviamente, al ladrón.
Sea porque se buscaban, sea porque se evitaban, el hecho es que apenas se podían
mover en el estrecho pasillo entre las camas, tanto más cuanto que la mujer del médico
tenía que actuar también como si estuviese ciega. Al fin quedó la fila ordenada, detrás de la
mujer del médico iba la chica de las gafas oscuras con el niño estrábico de la mano,
después el ladrón en calzoncillos y camiseta, luego el médico, y, al fin, a salvo de agresio-
nes por ahora, el primer ciego. Avanzaban muy lentamente, como si no se fiaran de quien
los guiaba, con la mano libre iban tanteando el aire, buscando de paso un apoyo sólido, una
pared, el marco de una puerta. Tras la chica de las gafas oscuras, el ladrón, estimulado por
el perfume que de ella se desprendía y por el recuerdo de la reciente erección, decidió usar
las manos con mayor provecho, una acariciándole la nuca por debajo del cabello, la otra,
directa y sin ceremonias, palpándole los pechos. Ella se sacudió para escapar del desafuero,
pero él la tenía bien agarrada. Entonces, la muchacha soltó una patada hacia atrás como
una coz. El tacón del zapato, fino como un estilete, se clavó en el muslo desnudo del
ladrón, que soltó un grito de sorpresa y de dolor. Qué pasa, preguntó la mujer del médico
mirando hacia atrás, Fui yo, que tropecé, respondió la chica de las gafas oscuras, y parece
que le he hecho daño al de atrás. La sangre aparecía ya entre los dedos del ladrón que, gi-
miendo y soltando maldiciones, intentaba percibir los efectos de la agresión, Estoy herido,
esta idiota no ve dónde pone los pies, Y usted no ve dónde pone las manos, respondió
secamente la chica. La mujer del médico comprendió lo que había pasado, primero sonrió,
pero luego vio que la herida presentaba mal aspecto, la sangre corría por la pierna del
desgraciado, y no tenían agua oxigenada, ni mercromina, ni vendas, ni gasas, ni de-
sinfectante alguno, nada. El médico preguntó, Dónde está la herida, Aquí, Aquí, dónde, En
la pierna, no lo ve, me clavó el tacón del zapato, Tropecé, no he tenido la culpa, repitió la
muchacha, pero, inmediatamente, estalló, exasperada, Este cerdo, que estaba metiéndome
mano, quién se cree él que soy. La mujer del médico intervino, Ahora lo que hay que hacer
es lavar la herida, hacer la cura, Y dónde hay agua, preguntó el ladrón, En la cocina, en la
cocina hay agua, pero no tenemos por qué ir todos, mi marido y yo llevaremos a este señor,
y los otros se quedan aquí, no tardaremos, Quiero hacer pipí, dijo el chiquillo, Espera un
poco, ya volvemos. La mujer del médico sabía que tenía que doblar una vez a la derecha,
otra a la izquierda, y seguir luego por un corredor ancho que formaba un ángulo recto. La
cocina estaba al fondo. Pasados unos minutos fingió que se había equivocado, se detuvo,
volvió atrás, luego exclamó, Ah, ya recuerdo, y fueron directamente a la cocina, no podían
perder más tiempo, la herida sangraba abundantemente. Al principio vino sucia el agua y
hubo que esperar a que se aclarase. Estaba templada y turbia, como si llevara mucho
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