ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 22
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
un tono de despecho, como si no le gustara que mencionasen su defecto físico, y tenía
razón, que defectos tales, éstos y otros, sólo por el hecho de hablar de ellos pasan de males
perceptibles a males evidentes, Hay alguien a quien no conozca, volvió a preguntar el
médico, está aquí el hombre que fue ayer a mi consultorio acompañado por su esposa, el
que se quedó ciego de repente cuando iba en su coche, Soy yo, respondió el primer ciego,
Hay otra persona aún, que diga quién es, por favor, nos han obligado a vivir juntos no
sabemos por cuánto tiempo, es indispensable que nos conozcamos unos a otros. El ladrón
del coche murmuró entre dientes, Sí, sí, creyó que aquello era suficiente para confirmar su
presencia, pero el oculista insistió, La voz suena como de alguien relativamente joven,
usted no es el enfermo de avanzada edad, el que tenía catarata en un ojo, No, doctor, no lo
soy, Y cómo se quedó ciego, Iba por la calle, Y qué más, Nada más, iba por la calle y me
quedé ciego. El médico abría la boca para preguntar si su ceguera era también blanca, pero
se calló, para qué, de qué servía, fuese cual fuese la respuesta, blanca o negra la ceguera,
de allí no iban a salir. Tendió la mano vacilante hacia su mujer y encontró la mano de ella
en el camino. La mujer le besó la cara, nadie más podía ver esta frente marchita, la boca
apagada, los ojos muertos, como de cristal, atemorizadores, porque parecían ver y no
veían, También me llegará el turno, pensó, cuándo, tal vez en este mismo instante, sin dar-
me tiempo a acabar lo que estoy diciéndome, en cualquier momento, como ellos, o tal vez
despierte ciega, me quedaré ciega al cerrar los ojos para dormir, y creeré que sólo me he
quedado dormida.
Miró a los cuatro ciegos, estaban sentados en las camas, y a sus pies estaba el poco
bagaje que habían podido llevarse, el niño con su mochila escolar, los otros con las
maletas, pequeñas, como si fueran para un fin de semana. La chica de las gafas oscuras
conversaba en voz baja con el niño, en la fila del otro lado, próximos los dos, sólo una
cama vacía en medio, el primer ciego y el ladrón del coche se enfrentaban sin saberlo. El
médico dijo, Hemos oído las órdenes, pase lo que pase sabemos una cosa, nadie va a venir
a ayudarnos, por eso sería conveniente que nos empezásemos a organizar ya, porque no
pasará mucho tiempo antes de que esta sala se llene de gente, ésta y las otras, Cómo sabe
que hay otras salas, preguntó la muchacha, Anduvimos un poco por ahí antes de instalarnos
en ésta, que era la que quedaba más cerca de la puerta de entrada, explicó la mujer del
médico mientras apretaba el brazo del marido recomendándole prudencia. Dijo la
muchacha, Lo mejor sería que usted, doctor, fuera el responsable, al fin y al cabo es
médico, Y para qué sirve un médico sin ojos y sin medicinas, Tiene la autoridad. La mujer
del médico sonrió, Creo que tendrías que aceptar, si los demás están de acuerdo, claro, Yo
no creo que sea una buena idea, Por qué, Por ahora sólo somos seis, pero mañana, seguro,
seremos más, todos los días llegará gente, sería apostar por lo imposible figurarse que iban
a estar dispuest os a aceptar una autoridad que no han elegido y que, además, nada les
puede dar a cambio de su acatamiento, eso suponiendo que reconocieran una autoridad y
una reglamentación, Entonces va a ser difícil vivir aquí, Tendremos mucha suerte si sólo es
difícil. La chica de las gafas oscuras dijo, Mi intención era buena, pero, realmente, el
doctor tiene razón, aquí cada uno va a tirar por su lado.
Fuera porque se sintió movido por estas palabras, o porque ya no pudo aguantar
más la furia, uno de los hombres se puso en pie bruscamente, Este tipo es el que tiene la
culpa de nuestra desgracia, si tuviera ojos acababa con él ahora mismo, vociferó apuntando
hacia el lugar en que creía que estaba el otro. El desvío no era grande, pero lo dramático
del gesto resultó cómico, porque el dedo acusador, tenso, indicaba hacia una mesita de
noche. Calma, dijo el médico, en una epidemia no hay culpables, todos son víctimas, Si yo
no hubiera sido la buena persona que fui, si no le hubiera ayudado a llegar a su casa, aún
tendría mis benditos ojos, Quién es usted, preguntó el médico, pero el acusador no
respondió, y ya parecía contrariado por haber hablado. Entonces se oyó la voz del otro, Me
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