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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pronunciadas por el ministro, que más tarde precisó su pensamiento, Quería decir que tanto
pueden ser cuarenta días como cuarenta semanas, o cuarenta meses, o cuarenta años, lo que
es preciso es que nadie salga de allí. Ahora hay que decidir dónde los metemos, señor
ministro, dijo el presidente de la Comisión de Logística y Seguridad, nombrada al efecto
con toda prontitud, que debería encargarse del transporte, aislamiento y auxilio a los
pacientes, De qué posibilidades inmediatas disponemos, quiso saber el ministro, Tenemos
un manicomio vacío, en desuso, a la espera de destino, unas instalaciones militares que
dejaron de ser utilizadas como consecuencia de la reciente reestructuración del ejército,
una feria industrial en fase adelantada de construcción, y hay también, y no han conseguido
explicarme por qué, un hipermercado en quiebra, Y, en su opinión, cuál serviría mejor a
los fines que nos ocupan, El cuartel es lo que ofrece mejores condiciones de seguridad,
Naturalmente, Tiene, no obstante, un inconveniente, es demasiado grande, y la vigilancia
de los internos sería difícil y costosa, Entiendo, En cuanto al hipermercado, habría que
contar, probablemente, con impedimentos jurídicos diversos, cuestiones legales a tener en
cuenta, Y la feria, La feria, señor ministro, creo que sería mejor no pensar en ella, Por qué,
No le gustaría al ministerio de Industria, se han invertido allí millones, Queda el
manicomio, Sí, señor ministro, el manicomio, Pues el manicomio, Sin duda es el edificio
más adecuado, porque, aparte de estar rodeado de una tapia en todo su perímetro, tiene la
ventaja de que se compone de dos alas, una que destinaremos a los ciegos propiamente
dichos, y otra para los contaminados, aparte de un cuerpo central que servirá, por así decir,
de tierra de nadie, por donde los que se queden ciegos podrán pasar hasta juntarse a los que
ya lo están. Veo un problema, Cuál, señor ministro, Nos veremos obligados a meter allí
personal para orientar las transferencias, y no creo que haya voluntarios, No creo que sea
necesario, señor ministro, A ver, explíquese, En caso de que uno de los contaminados se
quede ciego, como es natural que ocurra antes o después, los que aún conservan la vista lo
echarán de allí de inmediato, Es verdad, Del mismo modo que no permitirían la entrada de
un ciego que quisiera cambiar de sitio, Bien pensado, Gracias, señor ministro, podemos
pues poner en marcha el plan, Sí, tiene carta blanca.
La comisión actuó con rapidez y eficacia. Antes de que anocheciera ya habían sido
recogidos todos los ciegos de que había noticia, y también cierto número de posibles
contagiados, al menos aquellos a quienes fue posible identificar y localizar en una rápida
operación de rastreo ejercida sobre todo en los medios familiares y profesionales de los
afectados por la pérdida de visión. Los primeros en ser trasladados al manicomio
desocupado fueron el médico y su mujer. Había soldados de vigilancia. Se abrió el portalón
para que los ciegos pasaran, y luego fue cerrado de inmediato. Sirviendo de pasamanos,
una gruesa cuerda iba del portón de entrada a la puerta principal del edificio. Sigan un
poco hacia la derecha, ahí hay una cuerda, agárrenla y síganla siempre hacia delante, hacia
delante, hasta los escalones, los escalones son seis, advirtió un sargento. Ya en el interior,
la cuerda se bifurcaba, una hacia la izquierda, otra hacia la derecha, el sargento gritó,
Atención, su lado es el derecho. Al tiempo que arrastraba la maleta, la mujer guiaba al
marido hacia la sala más próxima a la entrada. Era amplia como una enfermería antigua,
con dos filas de camas pintadas de un gris ceniciento, pero ya con la pintura
descascarillada. Las mantas, las sábanas y las colchas eran del mismo color. La mujer llevó
al marido al fondo de la sala, lo hizo sentarse en una de las camas, y le dijo, No salgas de
aquí, voy a ver cómo es esto. Había más salas, corredores largos y estrechos, gabinetes que
habrían servido como despachos de los médicos, letrinas empercudidas, una cocina que
conservaba aún el hedor de mala comida, un enorme refectorio con mesas forradas de cinc,
tres celdas acolchadas hasta la altura de dos metros y cubiertas de láminas de corcho a
partir de ahí. Detrás del edificio había un cercado abandonado, un jardín con árboles
descuidados, los troncos parecían desollados. Se encontraba basura por todas partes. La
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