ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 20
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
mujer del médico volvió hacia dentro. En un armario medio abierto encontró camisas de
fuerza. Cuando llegó junto al marido le preguntó, A que no eres capaz de imaginar adónde
nos han traído, No, iba a añadir, A un manicomio, pero él se adelantó, Tú no estás ciega,
no puedo permitir que te quedes aquí, Sí, tienes razón, no estoy ciega, Voy a pedirles que
te lleven a casa, les diré que los engañaste para quedarte conmigo, No vale la pena, desde
donde están no te oyen, y, aunque te oyeran no te harían caso, Pero tú puedes ver, Por aho-
ra, lo más probable es que me quede también ciega un día de éstos o dentro de un minuto,
Vete, por favor, No insistas, además, estoy segura de que los soldados no me dejarían
poner un pie fuera, No te puedo obligar, No, amor mío, no puedes, me quedo aquí para
ayudarte y para ayudar a los que vengan, pero no les digas que yo veo, Qué otros, No
creerás que vamos a ser los únicos, Esto es una locura, Debe serlo, estamos en un
manicomio.
Los otros llegaron juntos. Los habían recogido en sus casas, uno tras otro, el del
automóvil fue el primero, el ladrón que lo robó, la chica de las gafas oscuras, el niño
estrábico, ése no, a ése lo fueron a buscar al hospital al que su madre lo había llevado. La
madre no venía con él, no había tenido la astucia de la mujer del médico, decir que estaba
ciega sin estarlo, es una mujer sencilla, incapaz de mentir, ni siquiera en su beneficio.
Entraron en la sala tropezando, tanteando el aire, aquí no había cuerda que los guiase,
tendrían que ir aprendiendo a costa de su dolor, el niño lloraba, llamaba a su madre, y era
la chica de las gafas oscuras la que intentaba sosegarlo, Ya viene, ya viene, le decía, y
como llevaba las gafas oscuras, tanto podía estar ciega como no, los otros movían los ojos
a un lado y a otro y nada veían, mientras que ella, con aquellas gafas, sólo porque decía Ya
viene, ya viene, era como si estuviera viendo entrar por la puerta a la madre desesperada.
La mujer del médico acercó la boca al oído del marido y susurró, Han entrado cuatro, una
mujer, dos hombres y un niño, Qué aspecto tienen los hombres, preguntó el médico en voz
baja, ella los fue describiendo, y él, A ése no lo conozco, el otro, por lo que dices, tiene
todo el aire de ser el ciego que fue a la consulta, El pequeño tiene estrabismo, y la mujer
que lleva gafas de sol parece bonita, Estuvieron allí los dos. A causa del ruido que hacían
buscando un sitio donde sentirse seguros, los ciegos no oyeron este intercambio de pala-
bras, pensarían que no había allí otros como ellos, y no hacía tanto tiempo que habían
perdido la vista como para que se les avivase el sentido del oído por encima de lo normal.
Por fin, como si hubiesen llegado a la conclusión de que no valía la pena cambiar lo seguro
por lo dudoso, se sentó cada uno en la cama con la que habían tropezado, los dos hombres
estaban muy cerca, pero no lo sabían. La chica, en voz baja, continuaba consolando al
niño, No llores, ya verás cómo tu madre no tarda. Se hizo luego un silencio, y entonces la
mujer del médico dijo de modo que se oyera desde el fondo de la sala, donde estaba la
puerta, Aquí estamos dos personas más, cuántos son ustedes. La voz inesperada sobresaltó
a los recién llegados, pero los dos hombres continuaron callados, quien respondió fue la
joven, Creo que somos cuatro, estamos este niño y yo, Quién más, por qué no hablan los
otros, preguntó la mujer del médico, Estoy yo, murmuró, como si le costase pronunciar las
palabras, una voz de hombre, Y yo, rezongó a su vez, contrariada, otra voz masculina. La
mujer del médico dijo para sí, Se comportan como si temieran darse a conocer el uno al
otro. Los veía crispados, tensos, el cuello en alto como si olfateasen algo, pero,
curiosamente, las expresiones eran semejantes, una mezcla de amenaza y de miedo, pero el
miedo de uno no era el mismo que el miedo del otro, como tampoco lo eran las amenazas.
Qué habrá entre ellos, pensó.
En aquel mismo instante se oyó una voz fuerte y seca, de alguien, por el tono,
habituado a dar órdenes. Venía de un altavoz colocado encima de la puerta por la que
habían entrado, la palabra Atención fue pronunciada tres veces, luego empezó la voz, El
Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo que considera que es
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