ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 18
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
insignificancias. Se oyó el restallido de las cerraduras, luego la mujer dijo, Bueno, ya
puede venir la ambulancia. Llevó la maleta al vestíbulo, la dejó junto a la puerta,
rechazando la ayuda del marido, que decía, Déjame ayudarte, eso puedo hacerlo yo, no
estoy tan inválido. Luego se sentaron en el sofá de la sala, esperando. Tenían las manos
cogidas, y él dijo, No sé cuánto tiempo vamos a tener que estar separados, y ella respondió,
No te preocupes.
Esperaron casi una hora. Cuando sonó el timbre de la puerta, ella se levantó y fue a
abrir, pero en el descansillo no había nadie. Descolgó el interfono, Muy bien, ahora baja,
respondió. Se volvió hacia el marido y le dijo, Que esperan ahí abajo, tienen orden expresa
de no subir, Por lo visto en el ministerio están realmente asustados, Vamos. Tomaron el
ascensor, ella ayudó al marido a bajar los últimos escalones, luego a entrar en la
ambulancia, volvió al portal a buscar la maleta, la alzó ella sola y la empujó hacia dentro.
Después subió a la ambulancia y se sentó al lado del marido. El conductor protestó desde
el asiento delantero. Sólo puedo llevarlo a él, son las órdenes que tengo, tiene usted que
salir. La mujer respondió con calma, Tiene que llevarme también a mí, acabo de quedarme
ciega.
La ocurrencia había brotado de la cabeza del ministro mismo. Era, por cualquier
lado que se la examinara, una idea feliz, incluso perfecta, tanto en lo referente a los
aspectos meramente sanitarios del caso como a sus implicaciones sociales y a sus
derivaciones políticas. Mientras no se aclarasen las causas, o, para emplear un lenguaje
adecuado, la etiología del mal blanco, como gracias a la inspiración de un asesor imagina-
tivo la malsonante palabra ceguera sería designada, mientras no se encontrara para aquel
mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna que previniera la aparición de casos futuros,
todas las personas que se quedaran ciegas, y también quienes con ellas hubieran tenido
contacto físico o proximidad directa, serían recogidas y aisladas, para evitar así ulteriores
contagios que, de verificarse, se multiplicarían según lo que matemáticamente es
costumbre denominar progresión geométrica. Quod erat demonstrandum, concluyó el
ministro. En palabras al alcance de todo el mundo, se trataba de poner en cuarentena a
todas aquellas personas, de acuerdo con la antigua práctica, heredada de los tiempos del
cólera y de la fiebre amarilla, cuando los barcos contaminados, o simplemente sospechosos
de infección, tenían que permanecer apartados cuarenta días, Hasta ver. Estas mismas
palabras, Hasta ver, intencionales por su tono, pero sibilinas por faltarle otras, fueron
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