ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Página 17
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
hay seguridad de eso, Hay, al menos, una buena presunción de causa a efecto, Sin duda, no
obstante, es aún demasiado pronto para sacar conclusiones, dos casos aislados no tienen
significación estadística, Salvo si somos ya más de dos, Comprendo su estado de ánimo,
pero tenemos que defendernos de pesimismos que podrían resultar infundados, Gracias,
Volveremos a hablar, Hasta luego.
Media hora después, el médico, torpemente y con ayuda de la mujer, había acabado de
afeitarse. Sonó el teléfono. Era otra vez el director del servicio oftalmológico, pero la voz,
ahora, sonaba distinta, Tenemos aquí a un niño que también se ha quedado ciego de re-
pente, lo ve todo blanco, la madre dice que estuvo ayer con él en su consultorio, Supongo
que es un niño que sufre estrabismo divergente del ojo izquierdo, Sí, No hay duda, es él,
Empiezo a estar preocupado, la situación es realmente seria, El ministerio, Sí, claro, voy a
hablar inmediatamente con la dirección. Pasadas unas tres horas, cuando el médico y su
mujer estaban comiendo en silencio, él tanteando con el tenedor las tajaditas de carne que
ella le había cortado, volvió a sonar el teléfono. La mujer lo atendió, volvió
inmediatamente, Tienes que ir tú, es del ministerio. Le ayudó a levantarse, lo condujo hasta
el despacho y le dio el auricular. La conversación fue rápida. El ministerio quería saber la
identidad de los pacientes que habían estado el día anterior en su consultorio, el médico
respondió que en sus respectivas fichas clínicas figuraban todos los elementos de iden-
tificación, el nombre, la edad, el estado civil, la profesión, el domicilio, y terminó
declarándose dispuesto a acompañar a la persona o personas que fuesen a recogerlos. Del
otro lado, el tono fue cortante, No lo necesitamos. El teléfono cambió de mano, la voz que
salió de él era diferente, Buenas tardes, habla el ministro, en nombre del Gobierno le
agradezco su celo, estoy seguro de que gracias a la rapidez con que usted ha actuado
vamos a poder circunscribir y controlar la situación, entretanto, haga el favor de
permanecer en su casa. Las palabras finales fueron pronunciadas con expresión for-
malmente cortés, pero no dejaban la menor duda sobre el hecho de que eran una orden. El
médico respondió, Sí, señor ministro, pero ya habían colgado.
Pocos minutos después, otra voz al teléfono. Era el director clínico del hospital,
nervioso, hablando atropelladamente, Ahora mismo acabo de recibir información de la
policía de que hay dos casos más de ceguera fulminante, Policías, No, un hombre y una
mujer, a él lo encontraron en la calle, gritando que estaba ciego, y ella estaba en un hotel
cuando perdió la vista, una historia de cama, según parece, Es necesario averiguar si se
trata también de enfermos míos, sabe cómo se llaman, No me lo han dicho, Del ministerio
han hablado ya conmigo, van a ir al consultorio a recoger las fichas, Qué situación,
Dígamelo a mí. El médico colgó el teléfono, se llevó las manos a los ojos, allí las dejó
como si quisiera defenderlos de males peores, al fin exclamó sordamente, Qué cansado
estoy, Duerme un poco, te llevaré hasta la cama, dijo la mujer, No vale la pena, no podría
dormir, además, todavía no se ha acabado el día, algo más va a ocurrir.
Eran casi las seis cuando sonó el teléfono por última vez. El médico estaba sentado
al lado, levantó el auricular, Sí, soy yo, dijo, escuchó con atención lo que le estaban
diciendo, y sólo hizo un leve movimiento de cabeza antes de colgar. Quién era, preguntó la
mujer, Del ministerio, viene una ambulancia a buscarme dentro de media hora, Eso era lo
que esperabas que ocurriera, Más o menos, sí, Adónde te llevan, No lo sé, supongo que a
un hospital, Te voy a preparar la maleta, algo de ropa, No es un viaje, No sabemos qué es.
Lo llevó con cuidado hasta el dormitorio, lo hizo sentarse en la cama, Quédate ahí
tranquilo, yo me encargo de todo. La oyó moverse de un lado a otro, abrir y cerrar cajones,
armarios, sacar ropa y luego ordenarla en la maleta colocada en el suelo, pero lo que él no
pudo ver es que, aparte de su propia ropa, había metido unas cuantas faldas y blusas, ropa
interior, un vestido, unos zapatos que sólo podían ser de mujer. Pensó vagamente que no
iba a necesitar tantas cosas, pero se calló porque no era el momento de hablar de
Página 17 de 148