ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Página 14
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
mujer, que debería sentirse aliviada porque el agente venía al fin sólo de acompañante,
percibió la dimensión de la fatalidad que le entraba por la puerta cuando un marido des-
hecho en lágrimas cayó en sus brazos diciendo lo que ya sabemos.
La chica de las gafas oscuras también fue conducida a casa de sus padres por un
policía, pero lo picante de las circunstancias en que la ceguera se manifestó, una mujer
desnuda, gritando en un hotel, alborotando a los clientes, mientras el hombre que estaba
con ella intentaba escabullirse embutiéndose trabajosamente los pantalones, moderaba, en
cierto modo, el dramatismo obvio de la situación. La ciega, corrida de vergüenza,
sentimiento en todo compatible, por mucho que rezonguen los prudentes fingidos y los
falsos virtuosos, con los mercenarios ejercicios amatorios a que se dedicaba, tras los gritos
lacerantes que dio al comprender que la pérdida de visión no era una nueva e imprevista
consecuencia del placer, apenas se atrevía a llorar y lamentarse cuando, con malos modos,
vestida a toda prisa, casi a empujones, la llevaron fuera del hotel. El policía, en tono que
sería sarcástico si no fuera simplemente grosero, quiso saber, despu és de haberle
preguntado dónde vivía, si tenía dinero para el taxi, En estos casos, el Estado no paga,
advirtió, procedimiento al que, anotémoslo al margen, no se le puede negar cierta lógica,
dado que esas personas pertenecen al número de las que no pagan impuestos sobre el
rendimiento de sus inmorales réditos. Ella afirmó con la cabeza, pero, estando ciega como
estaba, pensó que quizá el policía no había visto su gesto y murmuró, Sí, tengo, y para sí,
añadió, Y ojalá no lo tuviera, palabras que nos parecerán fuera de lugar, pero que, si
atendemos a las circunvoluciones del espíritu humano, donde no existen caminos cortos y
rectos, acaban, esas palabras, por resultar absolutamente claras, lo que quiso decir es que
había sido castigada por su mal comportamiento, por su inmoralidad, en una palabra. Le
dijo a su madre que no iría a cenar, y ahora resulta que iba a llegar muy a tiempo, antes
incluso que el padre.
Diferente fue lo que pasó con el oculista, no sólo porque estaba en casa cuando le
atacó la ceguera, sino porque, siendo médico, no iba a entregarse sin más a la de-
sesperación, como hacen aquellos que de su cuerpo sólo saben cuando les duele. Hasta en
una situación como ésta, angustiado, teniendo por delante una noche de ansiedad, fue aún
capaz de recordar lo que Homero escribió en la Ilíada, poema de la muerte y el sufrimiento
sobre cualquier otro, Un médico, sólo por sí, vale por varios hombres, palabras que no
vamos a entender como directamente cuantitativas sino cualitativamente, como
comprobaremos enseguida. Tuvo el valor de acostarse sin despertar a la mujer, ni siquiera
cuando ella, murmurando medio dormida, se movió en la cama para sentirlo más próximo.
Horas y horas despierto, lo poco que consiguió dormir fue por puro agotamiento. Deseaba
que no terminara la noche para no tener que anunciar, él, cuyo oficio era curar los males de
los ojos ajenos, Estoy ciego, pero al mismo tiempo quería que llegase rápidamente la luz
del día, con estas exactas palabras lo pensó, La luz del día, sabiendo que no iba a verla.
Realmente, un oftalmólogo ciego no serviría para mucho, pero tenía que informar a las
autoridades sanitarias, avisar de lo que podría estar convirtiéndose en una catástrofe
nacional, nada más y nada menos que un tipo de ceguera desconocido hasta ahora, con
todo el aspecto de ser muy contagioso y que, por lo visto, se manifestaba sin previa
existencia de patologías anteriores de carácter inflamatorio, infeccioso o degenerativo,
como pudo comprobar en el ciego que había ido a verle al consultorio, o como en su
mismo caso se confirmaría, una miopía leve, un leve astigmatismo, todo tan ligero que de
momento había decidido no usar lentes correctoras. Ojos que habían dejado de ver, ojos
que estaban totalmente ciegos, pero que se encontraban en perfecto estado, sin la menor
lesión, reciente o antigua, de origen o adquirida. Recordó el examen minucioso que había
hecho al ciego, y cómo las diversas partes del ojo accesibles al oftalmoscopio se
presentaban sanas, sin señal de alteraciones mórbidas, situación muy rara a los treinta y
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