ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 13
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
pasaban, y, eventualmente, corresponderles, de no darse hoy la circunstancia de que al-
guien la está esperando, una cita que promete mucho, tanto en lo referente a satisfacciones
materiales como a satisfacciones de otro tipo. El hombre con quien iba a verse era un
conocido, no le importó que ella le dijera que no podría quitarse las gafas oscuras, aunque
el médico no le había dado aún orden al respecto, el caso es que al hombre hasta le hizo
gracia, era una novedad. A la salida de la farmacia, la muchacha llamó un taxi, dio el
nombre de un hotel. Recostada en el asiento, prelibaba ya, si se acepta el término, las
distintas y múltiples sensaciones del goce sensual, desde el primer y sabio roce de labios,
desde la primera caricia íntima, hasta las sucesivas explosiones de un orgasmo que la
dejaría agotada y feliz, como si la estuvieran crucificando, dicho sea con perdón, en una
girándula ofuscadora y vertiginosa. Tenemos, pues, razones para concluir que la chica de
las gafas oscuras, si la pareja supo cumplir cabalmente, en tiempo y técnica, con su
obligación, paga siempre por adelantado y el doble de lo que luego cobra. En medio de
estos pensamientos, sin duda porque había pagado hacía un momento una consulta, se
preguntó si no sería conveniente subir, a partir de hoy mismo, su tarifa, lo que, con risueño
optimismo, solía llamar su justo nivel de compensación.
Mandó parar el taxi una manzana antes, se mezcló con la gente que iba en la misma
dirección, como dejándose llevar por ella, anónima y sin ninguna culpa notoria. Entró en el
hotel con aire natural, cruzó el vestíbulo hacia el bar. Llegaba con unos minutos de ade-
lanto, y tendría que esperar, pues la hora de la cita había sido fijada con precisión. Pidió un
refresco y lo tomó sosegadamente, sin posar los ojos en nadie, no quería que la
confundieran con una vulgar cazadora de hombres. Un poco más tarde, como una turista
que sube al cuarto a descansar después de haber pasado la tarde por los museos, se dirigió
al ascensor. La virtud, habrá aún quien lo ignore, siempre encuentra escollos en el durísimo
camino de la perfección, pero el pecado y el vicio se ven tan favorecidos por la fortuna que
todo fue llegar y se abrieron ante ella las puertas del ascensor. Salieron dos huéspedes, un
matrimonio de edad avanzada, ella entró y apretó el botón del tercero, trescientos doce era
el número que la esperaba, es aquí, llamó discretamente a la puerta, diez minutos después
estaba ya desnuda, a los quince gemía, a los dieciocho susurraba palabras de amor que ya
no tenía necesidad de fingir, a los veinte empezaba a perder la cabeza, a los veintiuno
sintió que su cuerpo se desquiciaba de placer, a los veintidós gritó, Ahora, ahora, y cuando
recuperó la conciencia, dijo, agotada y feliz, Aún lo veo todo blanco.
Al ladrón del coche lo llevó un policía a casa. No podía el circunspecto y
compasivo agente de la autoridad imaginar que llevaba a un empedernido delincuente
cogido por el brazo, y no para impedir que se escapara, como habría ocurrido en otra
ocasión, sino, simplemente, para que el pobre hombre no tropezara y se cayera. En
compensación, nos es muy fácil imaginar el susto de la mujer del ladrón cuando, al abrir la
puerta, se encontró ante ella con un policía de uniforme que traía sujeto, o así le pareció, a
un decaído prisionero, a quien, a juzgar por la tristeza de la cara, debía de haberle ocurrido
algo peor que la detención. Por un instante, pensó la mujer que habrían atrapado a su
hombre en flagrante delito y que el policía estaba allí para registrar la casa, idea ésta, por
otra parte, y por paradójico que parezca, bastante tranquilizadora, considerando que el
marido sólo robaba coches, objetos que, por su tamaño, no se pueden ocultar bajo la cama.
No duró mucho la duda, pues el policía dijo, Este señor está ciego, encárguese de él, y la
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