ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 12
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
lechoso. Una amaurosis blanca, aparte de ser etimológicamente una contradicción, sería
también una imposibilidad neurológica, visto que el cerebro, que no podría entonces
percibir las imágenes, las formas y los colores de la realidad, tampoco podría, por decirlo
así, cubrir de blanco, de un blanco continuo, como pintura blanca sin tonalidades, los
colores, las formas y las imágenes que la misma realidad presentase a una visión normal,
por problemático que resulte hablar, con efectiva propiedad, de visión normal. Con la
conciencia clarísima de encontrarse metido en un callejón aparentemente sin salida, el
médico movió la cabeza desalentado y miró a su alrededor. Su mujer se había retirado ya,
recordaba vagamente que se le había acercado un momento y que le había besado en el
pelo, Me voy a acostar, debió de decir, la casa estaba ahora silenciosa, sobre la mesa se
veían los libros dispersos, Qué será esto, pensó, y de pronto sintió miedo, como si también
él fuera a quedarse ciego en el instante siguiente y lo supiera ya. Contuvo la respiración y
esperó. No ocurrió nada. Ocurrió un momento después, cuando juntaba los libros para
ordenarlos en la estantería. Primero se dio cuenta de que había dejado de verse las manos,
después supo que estaba ciego.
El mal de la muchacha de las gafas oscuras no era grave, tenía sólo una
conjuntivitis de lo más sencilla, que el remedio que le había recetado el médico iba a
resolver en poco tiempo. Ya sabe, durante estos días sólo se tiene que quitar las gafas para
dormir, le había dicho. La broma era antigua, seguro que había pasado de generación en
generación de oftalmólogos, pero el efecto se repetía siempre, el médico sonreía al decirlo,
sonreía el paciente al oírlo, y en este caso valía la pena, pues la muchacha tenía bonitos
dientes, y sabía cómo mostrarlos. Por natural misantropía o por excesivas decepciones en
la vida, cualquier escéptico común, conocedor de los pormenores de la vida de esta mujer,
insinuaría que la belleza de la sonrisa no pasaba de ser artimaña del oficio, pero sería una
afirmación malvada y gratuita, porque aquella sonrisa ya era así en los tiempos, no tan
distantes, en los que aquella mujer era una chiquilla, palabra en desuso, cuando el futuro
era una carta cerrada y aún estaba por nacer la curiosidad de abrirla. Simplificando, pues,
se podría incluir a esta mujer en la categoría de las llamadas prostitutas, pero la
complejidad del entramado de relaciones sociales, tanto diurnas como nocturnas, tanto
verticales como horizontales, de la época aquí descrita, aconseja moderar cualquier
tendencia a los juicios perentorios, definitivos, manía de la que, por exagerada suficiencia,
nunca conseguiremos librarnos. Aunque sea evidente lo mucho que de nube hay en Juno,
no es lícito obstinarse en confundir con una diosa griega lo que no pasa de ser una vulgar
masa de gotas de agua flotando en la atmósfera. Sin duda, esta mujer va a la cama a
cambio de dinero, lo que permitiría, probablemente, y sin más consideraciones, clasificarla
como prostituta, pero, siendo cierto que sólo va cuando quiere y con quien ella quiere, no
es desdeñable la probabilidad de que tal diferencia de derecho deba determinar
cautelarmente su exclusión del gremio, entendido como un todo. Ella tiene, como la gente
normal, una profesión, y, también, como la gente normal, aprovecha las horas que le
quedan libres para dar algunas alegrías al cuerpo y suficientes satisfacciones a sus
necesidades, tanto a las particulares como a las generales. Si no se pretende reducirla a una
definición primaria, lo que en definitiva debería decirse de ella, en sentido