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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
ocho años que el hombre había dicho tener, y hasta en gente, de menos edad. Aquel
hombre no debía de estar ciego, pensó, olvidando por unos instantes que también él lo
estaba, hasta este punto puede llegar la abnegación, y esto no es cosa de ahora, recordemos
lo que dijo Homero, aunque con palabras que parecen diferentes.
Cuando la mujer se levantó, se fingió dormido. Sintió el beso que ella le dio en la
frente, muy suave, como si no quisiera despertarlo de lo que creía un sueño profundo,
quizá había pensado, Pobrecillo, se acostó tarde, estudiando aquel extraordinario caso del
infeliz hombre ciego. Solo, como si se fuera apoderando de él lentamente una nube espesa
que le cargase sobre el pecho y le entrase por las narices cegándolo por dentro, el médico
dejó brotar un gemido breve, permitió que dos lágrimas, Serán blancas, pensó, le inundaran
los ojos y se derramaran por las mejillas, a un lado y a otro de la cara, ahora comprendía el
miedo de sus pacientes cuando le decían, Doctor, me parece que estoy perdiendo la vista.
Llegaban hasta el dormitorio los pequeños ruidos domésticos, no tardaría la mujer en
acercarse a ver si seguía durmiendo, era ya casi la hora de salir para el hospital. Se levantó
con cuidado, a tientas buscó y se puso el batín, entró en el cuarto de baño, orinó. Luego se
volvió hacia donde sabía que estaba el espejo, esta vez no preguntó Qué será esto, no dijo
Hay mil razones para que el cerebro humano se cierre, sólo extendió las manos hasta tocar
el vidrio, sabía que su imagen estaba allí, mirándolo, la imagen lo veía a él, él no veía la
imagen. Oyó que la mujer entraba en el cuarto, Ah, estás ya levantado, dijo, y él respondió,
Sí. Luego la sintió a su lado, Buenos días, amor, se saludaban aún con palabras de cariño
después de tantos años de casados, y entonces él dijo, como si los dos estuvieran
representando un papel y ésta fuera la señal para que iniciara su frase, Creo que no van a
ser muy buenos, tengo algo en la vista. Ella sólo prestó atención a la última parte de la
frase, Déjame ver, pidió, le examinó los ojos con atención, No veo nada, la frase estaba
evidentemente cambiada, no correspondía al papel de la mujer, era él quien tenía que
pronunciarla, pero la dijo sencillamente, así, No veo, y añadió, Supongo que el enfermo de
ayer me ha contagiado su mal.
Con el tiempo y la intimidad, las mujeres de los médicos acaban también por
entender algo de medicina, y ésta, tan próxima en todo a su marido, había aprendido lo
bastante para saber que la ceguera no se pega sólo porque un ciego mire a alguien que no
lo es, la ceguera es una cuestión privada entre la persona y los ojos con que nació. En todo
caso, un médico tiene la obligación de saber lo que dice, para eso ha ido a la