En la Ruta Del Titiritero 08 | Page 86

Más Tarde Fui a las Escuelas Foráneas Me encantaba ir a las escuelas fuera de la ciudad, recorrer los caminos, tratar con la gente sencilla, armar el teatrito sobre la tierra y con el sol, ver volar mis cortinas rojas como banderas; ver en cada par de ojos negros la inmensidad del campo y la frescura del rocío; dejar dentro de cada niño la verdad de un sueño; vivir entre las mariposas multicolores, el perfume de las flores y los elotes maduros. Muchas, muchas veces recorrí esas carreteras como cicatrices en la tierra, llevando la alegría que desbordaba en carcajadas, tal vez en esos caminos verdes en donde encontraba vacas, borregos y pájaros, me impregnaba de azul, de lejanía, de montañas y valles, tal vez era el alimento de mi cabeza hueca y la vida de mi cuerpo de alambre. Un día llegué a Chapultepec, tan lleno de poesía, de romance y de leyenda. Desde mi teatrito veía al pobre y al rico paseando entre los milenarios ahuehuetes, a los niños correr como duendecillos y en los árboles me contemplaban los monos que se habían escapado de las jaula, me entristecí de ver a una changuita con su hijito muerto que no dejaba que se lo quitaran, y con su carita llorosa y angustiada le espantaba las moscas. Ahí, platicando con mi abuelita y mis compañeros, me aplaudían todas las gentes confundiendo du alegría en una sola carcajada Así conquistaba amigos con mi animadora Loló. Empezaban a fijarse más en mí, mi picardía hacia estallar la risa. Mi travesura encantaba a todos, al actuar flotaba en el ambiente y me situaba cerca de cada espectador, y me gritaba ¡Comino! ¡Comino!, aún encerrado en mi caja oía que me llamaban, mientras en la oscuridad me dormía arrullado por mi triunfo. Al otro día recorrería las distancias y tendría alegrías y también tristezas, porque ya vivía, el rigor de la vida maltrataba mi cuerpecito de alambre y de madera, Cuando nací ya tenía abuela, tenía su pelo de estropajo y su cara amable. Su vestido era de percal y en su delantacito tenía una bolsa en la que no guardaba nada, siempre quería regañarme, pero no podía, se ponía sentimental cuando le daba un beso. Luis y Pepe fueron mis primeros compañeros, tenía su cabeza cuadrada y los ojos muy grandotes llenos de azoro, ellos salían para darle al gigante el pan y la leche y solo temblaban y chillaban de susto El gigante era de veras gigante, tenía una gran cabeza que se le subía arriba de la de Alfonso su animador. Yo no le tenía miedo a pesar de sus dientotes y de sus manos forradas de lentejuelas verdes que parecían aletas de monstruo marino, con las que me cogía y me llevaba zarandeándome para comerme porque no le había llevado nada de comer, pero cuando me escapaba, mis compañeros y el público le tiraban piedras para deshacerse de él. 85