Primeras Actuaciones
En nuestras primeras actuaciones en el teatro Orientación, trabajábamos para gente adulta e importante como Diego Rivera, Carlos Chávez, Julio Castellanos y muchos más, pero a estos personajes ya se les había gastado el alma infantil y no nos comprendían, nos aplaudían, opinaban con palabras geniales, y ya, y nosotros reíamos y reíamos, pobrecitas gentes.
Cuando actuaba lleno de alegría era cuando había muchos niños.
Para entonces éramos ya indispensables en las escuelas. Siempre fui mentiroso y tierno, todos mis amigos, los niños, se hacían una conmigo, todo era asomar la cara por uno y otro lado y ya todos estaban gritándome.
Soy un muñequito que ve la vida desde mi tablado imaginario, que habla y ríe con el corazón y la voz de la que me anima.
No siempre estuve entre la alegría, también vi caras grises y verdes de odio y envidia al ver que siempre conquistaba a mis espectadores. Pero yo soy un muñequito travieso, flojo y comodín, siempre metiéndome en líos por desobediente, pero ¡ cómo gozaba!, no crean, tenía muy bien puestos mis pies sobre mi imaginaria tierra. Yo sé que actuaba bien, que la representación diaria me traía experiencia y que el mismo público me la daba, aconsejándome que hiciera siempre maldades: tira la cubeta … escóndete … no te dejes pelar … pero cuando veían al piojote con sus dientotes castañeando, peludo y con sus guantes de box me gritaban … déjate pelar … déjate pelar … y mi cabeza quedaba lisa y brillante como rodilla.
Me gustaban mucho las obras en donde había cama y soñaba a mi abuelita como una hada en el bosque, adonde danzaban los enanitos, los castores hacían sus casas, las arañas tejían su tela y yo despertaba con ganas de ir a la escuela.
Muchas veces me despertaban bruscamente y me ponían en el teatro, un poco atolondrado, casi siempre asomándome por las cortinas de uno y otro lado, toda la gente me buscaba y reían, y yo le gritaba a mi abuelita.
Loló y yo nos entendíamos y nos acoplamos de maravilla, con mi trabajo alegre y calladito en las escuelas fui madurando y llenándome de vida, en el campo con las flores y con el camino verde, con las risas y con los halagos.
El licenciado Muñoz Cota siempre me iba a ver actuar, su risa me daba confianza y hacia más diabluras, él nos mandaba visitar los barrios pobres llenos de tierra y de gente flaca y hambrienta, pero su risa tímida acababa por ser alegre, porque mientras estaba con ellos se olvidaban de la pobreza, de la tristeza y del hambre.
El licenciado Muños Cota fue el único jefe de Bellas Artes que me iba a ver y se interesaba por lo que hacía y quién era y lo que lograba. Nunca me sintió inferior, ni me despreció por ser muñeco y actor.
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