En la Ruta Del Titiritero 08 | Página 84

Mi Historia La noche en que nací, había mucho trabajo, se presentaría el nuevo teatrito, que aún no tenía nombre. El Señor Bassols montaría la primera pieza para teatro guiñol, que escribiera Elena Huerta Múzquiz: EL GIGANTE. Habían construido al gigante, a Pepito, a Luisito; ya estaba el pan, la cubetita para la leche, el pollo muerto, solo faltaba un niño. Encontraron un pedacito de madera de zompantle y me tallaron. Como resulté el más chiquito me pusieron “COMINO”. Mis cachetes gordos y colorados, mis ojos chiquitos y mi boca sonriente, nadie se imaginó que con mi vestido rojo poco a poco empezaría a hacerme popular. Entonces fue cuando pertenecí al Palacio de Bellas Artes. No me acuerdo de mis primeras funciones, era yo una cosita de nada, casi un juguete, mi actuación no llamó mucho la atención. Me cogieron y me guardaron en una caja como a todos los otros muñecos, pero poco a poco con cada función se me fue formando el alma, creada por ese ambiente infantil y madurada después por mi animadora, y fui cuajando y tomando forma en el pequeño hueco de mi cabeza de madera, y en el puño cerrado de la mano que me movía, mi corazón. Día a día me llevaban, hablaba, trabajaba y me volvían a guardar envuelto en un trapo rojo para que no se me despintaran las mejillas. Cómo me acuerdo de mis primeros ensayos en el teatro Orientación, entonces estaba en Educación Pública, cuando me destapaban y me sacudían todo lo veía negro, cortinajes negros por todas partes, cuando me asomaba por la boca de mi teatrito, en el que lucían preciosos decorados, yo tenía para mi solito bosques, casitas, cama, flores, manzanitas de madera en que un día dejara la huella de sus dientes una diminuta y rubia Eva, todo de mentira, pero que con mi magia parecían de verdad, actuaba jugando, atraía todos esos ojos pendiente de mí, siempre me crecía al actuar para arrancar una carcajada, un grito o un elogio. Poco a poco mi alma se fue agrandando, mi personalidad crecía y yo, que tengo cuerpo de alambre y piececitos, que se mueven solos al correr por un suelo imaginario, contagiaba el entusiasmo y la alegría con mi boquita risueña y colorada. Así he sentido estar dentro del pueblo actual y futuro, he gozado con los niños y con ellos he sentido que todo espectador está dentro de mí, y ese espíritu me ha creado el alma, el alma que ha hecho revivir la imaginación. Claro que yo y mis compañeros muñecos no sentíamos ningún cariño por esos fantoches fríos que nos movían. Los primero animadores del grupo fueron, Ramón Alva de la Canal. Pintor y mi creador, Leopoldo Méndez grabador, su hermano Teodoro y Elena Huerta. Ramón, mi primer animador, lo fue por poco tiempo, pues se fue a Pátzcuaro con el General Cárdenas a pintar el monumento a Morelos. Leopoldo Méndez creó a mi maestra, linda chatita y mechuda, a los gimnastas y al negrito, mi compañero inseparable. 83