EL SEÑOR DE LAS SOMBRAS (Biografía no autorizada de Alvaro Uribe) 1 | Page 177
¿Sabrá esta mujer con quién está casada su hija? ¿Cuántos
crímenes habrá cometido el hombre que entierra las rodillas en mi
espalda? Y este niñito, ¿cuántos cometerá? Antes de que se acabe
la hecatombe, ¿cuántos muertos engrosarán las estadísticas
oficiales, cuántos secuestrados, cuántos heridos irrecuperables,
cuántas familias desoladas, cuántas miserias silenciosas, cuántos
millones más de desplazados, cuántas promesas incumplidas,
cuántas poblaciones destruidas, cuántos seres humanos
humillados? Humillado y ofendido debería ser el INRI de
Dostoyevski sobre la frente de cada colombiano. Humillado y
ofendido este individuo que pide limosna para él y su familia en
una esquina bogotana bajo el chubasco de las 6 de la tarde.
Humillado y ofendido el que roba, el que siembra coca porque no
puede sembrar algodón o repollos, el que pasa meses de meses
en un calabozo esperando a que alguien pague su rescate, el viejo
que pierde su hijo y el hijo que pierde a su padre y la mujer que
queda viuda o deja viudo a un hombre que la espera y la esperará
frente a la ventana hasta el fin de los siglos. Y los niños:
humillados y ofendidos todos los niños de Colombia. Todos esos
seres indefensos, el viejo y el desplazado y la mujer y el herido por
una mina o una bala, se han visto sumidos en una tragedia sin
nombre en nombre de la igualdad, de los derechos humanos, de la
defensa de unos principios, de un futuro. En la búsqueda de un
futuro hipotético los colombianos hipotecamos nuestro futuro.
Quién sabe cuántas de estas personas volverán al país algún día,
tal vez alguna lleve en sus intestinos un cargamento de coca, es
posible que una u otra vaya de turismo a descansar de nuestras
miserias, y otra más intente volver mañana mismo con un
contrabando de cualquier cosa. Aquí voy yo, con mi hija,
desplazado por la violencia. Que salga yo no importa. ¿Pero
Manuela? ¿Qué será de Manuela? ¿Cuándo volverá? Cada vez que
un niño sale de Colombia, Colombia se hace menos Colombia. Y
son centenares de miles los niños colombianos que hoy viven y
estudian y piensan en otros países, que sorpresivamente sienten
que se hacen poco a poco mexicanos o argentinos o ecuatorianos
o canadienses o españoles o británicos o japoneses. En Colombia
quedará algún abuelo, un tío calavera, un primo lejano. Pero ellos
no volverán. Y ya, me acuerdo: “Pero aquellas que el vuelo
refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar, / aquellas
que aprendieron nuestros nombres... / ésas... ¡no volverán!”.
177