EL SEÑOR DE LAS SOMBRAS (Biografía no autorizada de Alvaro Uribe) 1 | Page 166

EPILOGO De viaje FERNANDO GARAVITO - COAUTOR DE ESTE LIBRO. COLUMNISTA DE «EL ESPECTADOR». ESCRITOR. A bordo del avión que me lleva hacia un destino que aún no conozco, siento cerca de mi hombro la pesada respiración de mi vecina. Es una mujer entrada en años, gruesa, de rasgos vigorosos, quien sólo después de sentarse se despoja, con enorme dificultad, de un abrigo negro de abotonadura hasta el cuello. Cuando logra terminar una faena que hubiera podido culminar con mejor éxito en el pasillo, en su doméstico saco de lana gris y en su blusa de grandes pepas blancas dibujadas sobre un escueto fondo trajinado por el uso y los detergentes, descubro algunos rasgos de esa vida tal vez sin sobresaltos. Mujer y saco de lana gris y pepas blancas y un escueto “café”, dicho con sequedad a la azafata. Pienso. ¿Qué sabrá esta mujer de Colombia, de la hecatombe que vivimos, de sus crueles protagonistas acostumbrados a la muerte como uno de sus asuntos cotidianos? Tal vez nada. Al entrar, superando las dificultades de dos lenguajes herméticos, me explica que viaja a reunirse con su marido. “Él trabaja en Los Ángeles - le entiendo -. Voy a verlo unos días antes de irme del todo para Zurich”. - ¿Y qué hacía usted en Colombia? - Visitaba a mi hija. Ella se casó con un paisa. Debo confesar que la estructura de la frase la obtengo a partir de la palabra paisa. La dice con todas sus letras, dando cuidadosamente el paso entre la a y la i y acentuando con suavidad la última de las vocales. Me suena más o menos a paisa, con doble tilde para escándalo de académicos y gramáticos. La conversación naufraga entonces (¿qué más podría decirle a una mujer como esta?) y ella se duerme. Pero yo permanezco vigilante en torno a las últimas imágenes que tendré de mi país posiblemente durante años. Mientras las luces de la cabina indican que hay un pasajero que requiere de alguna ayuda, que nos aproximamos a un banco de nubes, y que – por fortuna - nadie puede fumar hasta que termine la travesía, sé que abajo, en esas montañas que brillan bajo el dorado sol del atardecer, bajo nuestro incomparable “sol de los venados”, transcurre una de las 166