El libro de las desilusiones El libro de las desilusiones TEASER | Page 8
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Antonio Mauriz
lúbricos, los carpelos y hasta creía atisbar, al fondo, el dimi-
nuto y palpitante ovario).
En armónica correspondencia, como un nuevo guiño del
universo, en el colmillo superior derecho de mi hombre había
crecido otra rosa, idéntica a la mía, del mismo tamaño, figura y
rojo color. Únicamente quizá se destacaba, en su caso, un poco
más, por obvia razón de género, el androceo, con sus menudos
pero altivos estambres, las anteras completamente abiertas, y
los saquitos de polen, como sacudidos por el delicioso furor
del viento. Ante la mágica cualidad del fenómeno, ¿cómo no
iba yo a ver en él un don del cielo, una gracia de los dioses,
su simbólica bendición de nuestro vínculo? La envidia de mis
amigas y, sobre todas, la tan vehemente de Delia, mi amiga del
alma desde que éramos unas polluelas, venía a corroborar, en
la esfera mundana, los planes celestiales; a ofrecer su refrendo a
la acertada elección de unir nuestras almas y nuestros cuerpos.
Era, pues, perfectamente razonable que jamás hubiese estado
yo dispuesta a aceptar la explicación, tan científica como trivial,
que me dio el dentista la última vez que acudí a su consulta
(hace ya unos tres años aproximadamente), según la cual la
presencia de las «manchitas» se debería a la acción de unas
vulgares bacterias bucales.
«La boca es una cloaca», sentenció en aquella ocasión, algo
mohíno por no haber conseguido, una vez más, convencerme
de que sometiese la rosa a la limpieza de su raspador. A su juicio,
mi hombre habría sido la fuente de transmisión de las bacterias,
que se habrían desplazado de sus dientes a los míos, por simple
contagio, debido al contacto bucal y al intercambio de saliva. El
muy pedante debía imaginar que estaba en condiciones de hacer
esa afirmación porque tanto mi hombre como yo éramos pacien-
tes suyos desde tiempo atrás, cada uno por su lado, incluso antes
de que llegáramos a conocernos. Debía pensar el muy sabiondo