El libro de las desilusiones El libro de las desilusiones TEASER | Seite 7

LA ADORADORA DE LA ROSA M e ponía en guardia cada vez que tenía que ir al dentista, no porque sintiese la aprensión, habitual en muchos pacientes, a que un extraño me introdujese en la boca una fresa fría o una amalgama de plata, sino porque, más allá de la caries o la gingivitis que me hubiese llevado hasta él, siempre insistía, raspador en alto, en hacerme una limpieza dental enarbo- lando irrefutables razones higiénicas. Sin embargo, por nada del mundo habría yo permitido que borrase de mi colmillo superior izquierdo el cárdeno capullito que todas las maña- nas, nada más levantarme, me apresuraba a admirar, fresco y reluciente por el rocío de los besos nocturnos, en el espejo del baño como la prenda de amor más exquisita que puede recibir una mujer. Por azarosa y perfecta obra de la naturaleza (pues, a veces, contra toda esperanza, se conjugan azar y perfección, igual que la noche en que perdidamente nos enamoramos mi hombre y yo), ese lunarcito rojo había cobrado la exacta figura de una rosa, con su pedúnculo renacuajo, levemente vencido, con su cáliz en miniatura (en el que, si uno se fijaba bien, podía distinguir los cinco sépalos libres), con su corola enana y los pétalos liliputienses que abrigaban el apenas visible gineceo (en albas de euforia, no obstante, me parecía que asomaban,