El jugador - Fedor Dostoiewski
el hotel! Pero, santo Dios, ¿qué será de nuestra gente ahora? ¿qué
será ahora del general? ¡Va a poner el hotel patas arriba! »
-Bueno, amigo, ¿por qué estás plantado ahí con esos ojos
saltones? -continuó gritándome la abuela-. ¿Es que no sabes dar
la bienvenida? ¿No sabes saludar? ¿O es que el orgullo te lo
impide? ¿Quizá no me has reconocido? ¿Oyes, Potapych? -dijo
volviéndose a un viejo canoso, de calva sonrosada, vestido de frac
y corbata blanca, su mayordomo, que la acompañaba cuando iba
de viaje-; ¿oyes? ¡No me reconoce! Me han enterrado. Han estado
mandando un telegrama tras otro: ¿ha muerto o no ha muerto?
¡Pero si lo sé todo! ¡Y yo, como ves, vivita y coleando!
-Por Dios, Antonida Vasilyevna, ¿por qué había yo de desearle
nada malo? -respondí alegremente cuando volví en mi acuerdo-.
Era sólo la sorpresa... ¿y cómo no maravillarse cuando tan
inesperadamente ... ?
-¿Y qué hay de maravilla en ello? Me metí en el tren y vine. En el
vagón va una muy cómoda, sin traqueteo ninguno. ¿Has estado
de paseo?
-Sí, me he llegado al Casino.
-Esto es bonito -dijo la abuela mirando en torno-; el aire es tibio
y los árboles son hermosos. Me gusta. ¿Está la familia en casa?
¿El general?
-En casa, sí; a esta hora están todos de seguro en casa.
-¿Y qué? ¿Lo hacen aquí todo según el reloj y con toda
ceremonia? Quieren dar el tono. ¡Me han dicho que tienen coche,
les seigneurs ruses! Se gastan lo que tienen y luego se van al
extranjero. ¿Praskovya está también con ellos?
-Sí, Polina Aleksandrovna está también.
-¿Y el franchute? En fin, yo misma los veré a todos. Aleksei
Ivanovich, enseña el camino y vamos derechos allá. ¿Lo pasas
bien aquí?
-Así, así, Antonida Vasilyevna.
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