El jugador - Fedor Dostoiewski
de mí los ojos como para no ver mi zozobra. Mejor hubiera sido
que se hubiera reído de mí abiertamente.
-Bien -respondí-, diga a mademoiselle que no se preocupe.
Permítame, no obstante, hacerle una pregunta -añadí con
aspereza-, ¿por qué ha tardado tanto en darme esta nota? En
lugar de decir tantas nimiedades, creo que debiera usted haber
comenzado con esto... si, en efecto, vino con este encargo.
-Ah, yo quería... todo esto es tan insólito que usted perdonará mi
natural impaciencia... Yo quería enterarme por mi cuenta,
personalmente, de cuáles eran las intenciones de usted. Pero
como no conozco el contenido de esa nota, pensé que no corría
prisa en dársela.
-Comprendo. A usted sencillamente le mandaron que la
entregara sólo como último recurso, y que no la entregara si
lograba su propósito de palabra. ¿No es así? ¡Hable con
franqueza, monsieur Des Grieux!
-Peut-étre -dijo, tomando un aire muy comedido y dirigiéndome
una mirada algo peculiar.
Cogí el sombrero; él hizo una inclinación de cabeza y salió. Tuve
la impresión de que llevaba una sonrisa burlona en los labios.
¿Acaso cabía esperar otra cosa?
-Tú y yo, franchute, tenemos todavía cuentas que arreglar.
Mediremos fuerzas -murmuré bajando la escalera. Aún no sabía
qué era aquello que había causado tal mareo. El aire me refrescó
un poco.
Un par de minutos después, cuando apenas había empezado a
discurrir con claridad, surgieron luminosos en mi mente dos
pensamientos: primero, que de unas naderías, de unas cuantas
amenazas inverosímiles de escolar, lanzadas anoche al buen
tuntún, había resultado un desasosiego general, y segundo, ¿qué
clase de ascendiente tenía este francés sobre Polina? Bastaba una
palabra suya para que ella hiciera cuanto él necesitaba: me
escribía una nota y hasta me suplicaba. Sus relaciones, por
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