El jugador - Fedor Dostoiewski
escucha, mister Astley lo considerará como un insulto personal (ya
sabe usted lo tercos que son los ingleses) y enviará a un amigo
suyo al barón -y por cierto tiene buenos amigos-. Calcule usted
ahora que puede pasar algo distinto de lo que piensa.
El francés quedó claramente sobrecogido; efectivamente, todo
esto tenía visos de verdad; por consiguiente yo podía muy bien
provocar un disgusto.
-Le imploro que deje todo -dijo con voz verdaderamente
suplicante-. A usted le agradaría que ocurriera algo desagradable.
No es una satisfacción lo que usted busca, sino una contrariedad.
Ya he dicho que todo esto es divertido y aun ingenioso que bien
pudiera ser lo que usted busca. En fin -terminó diciendo al ver que
me levantaba y cogía el sombrero-, he venido a entregarle estas
dos palabras de cierta persona. Léalas, porque se me ha
encargado que aguarde contestación.
Dicho esto, sacó del bolsillo un papelito doblado y sellado con
lacre y me lo alargó. Del puño de Polina, decía así:
«Me parece que se propone usted continuar este asunto. Está
usted enfadado y empieza a hacer travesuras. Hay, sin embargo,
circunstancias especiales que quizá le explique más tarde. Por
favor, desista y deje el camino franco. ¡Cuántas bobadas hay en
esto! Le necesito y usted prometió obedecerme. Recuerde
Schlangenberg. Le pido que sea obediente y, si es preciso, se lo
mando.
Su P.
P S. Si está enojado conmigo por lo de ayer, perdóneme. »
Cuando leí estos renglones me pareció que se me iba la cabeza.
Mis labios perdieron su color y empecé a temblar. El maldito
francés me miraba con aire de intensa circunspección y apartaba
StudioCreativo ¡Puro Arte!
Página 55