El palpitante ritmo del bajo martilleaba como el y unque de un herrero la
cabeza de Michael: martillazo, tras martillazo, tras martillazo. No lograba
recordar si y a tenía dolor de cabeza antes de colarse en las narices de los gorilas,
pero sin duda en ese momento sí lo sentía. Resultaba imposible moverse entre la
gente que botaba, con esos brazos sudorosos rozando los suy os. Se encontró
bailando sin pretenderlo mientras avanzaba, y Sarah parecía mortificada ante su
falta de talento.
Pese a que pronunció la frase: « Qué mono eres» , entornó los ojos al hacerlo.
Una marea de personas. Un r uido atronador y constante. Luces que los
desorientaban. Y ese ritmo imparable. Michael y a estaba harto. Pero tenían que
encontrar a esa persona llamada Ronika, quien, supuestamente, lo sabía todo.
¿Cómo iban a localizar a alguien en un sitio así?
Michael echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que Bry son y Sarah
y a no estaban a su lado. Presa de un pánico repentino, se volvió de golpe y giró
sobre sí mismo para localizarlos, llamándolos por sus nombres sin resultado.
Estaba nervioso —se habían colado de forma ilegal, y eso lo inquietaba—, y que
sus amigos hubieran desaparecido tan pronto era algo malo. Se detuvo y alguien
lo empujó por detrás; recibió un codazo en el cuello. A pesar de la música
ensordecedora, oy ó la risa de una mujer.
Entonces cay ó a través del suelo.
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No cay ó a través de una trampilla. Y el suelo no se había hundido. Fue como si, a
pesar de que todo cuanto lo rodeaba continuaba ahí, su cuerpo se hubiera tornado
inmaterial y translúcido, y se hubiera hundido, mientras la gente que bailaba a su
alrededor ascendía hasta el cielo. Michael miró a toda prisa hacia abajo y
contempló cómo sus piernas y su torso atravesaban las relucientes baldosas
negras, como si fuera un fantasma.
Cuando su cabeza atravesó el suelo, cerró los ojos de forma instintiva y, al
abrirlos de nuevo, apareció en una habitación en penumbra elegantemente
amueblada. Se vio rodeado de sofás de cuero con botones, paneles de madera de
caoba y lámparas de cristal tallado, y sus pies aterrizaron con suavidad sobre una
lujosa alfombra persa. Bry son y Sarah se encontraban cerca, mirando a Michael
como si hubiera llegado tarde a una fiesta. Sin embargo no había nadie más en
aquella habitación.
—Hummm… ¿Qué acaba de ocurrir? —preguntó Michael. Ver a sus amigos
lo reconfortó, aunque acabara de atravesar el suelo.
—Lo que ha ocurrido es que algo nos ha arrastrado hasta aquí —respondió
Bry son—. Y eso significa que, a lo mejor, no nos hemos colado en el club con
tanto disimulo como creíamos.