EL JUEGO INFINITO | 页面 47

interesantes, que hemos rescatado del vertedero que es vuestro banco de datos, a todas las personas de vuestras listas de contactos. Si llego hasta diez, empezaremos a borrar cosas que no querríais que se borrasen. —¡Mientes! —replicó el hombre situado a la derecha—. Y seré y o el que cuente. Cuando llegue a dos, empezaré a repartir puñetazos como loco. O a lo mejor empiezo a hackearos. —Uno —dijo Sarah en voz baja—. Dos. El gorila de la izquierda estaba poniéndose cada vez más nervioso. —No te atreverás. ¡No puedes acceder a nuestra información personal! —Tres. Cuatro. —Se volvió hacia Michael, que permanecía callado. En realidad estaba disfrutando del espectáculo—. Prepara la lista de distribución. —La tengo —dijo él, intentando no reírse a toda costa. Una vez más, Sarah miró de frente a los gorilas. —Cin… —¡Espera! —gritó el hombre de la derecha—. ¡Para! —Os dejaremos entrar —anunció su compañero—. ¡Me importa una mierda! Pero tenéis que parecer may ores o nos buscaréis un problema. —Está bien —respondió Sarah—. Vamos, chicos. —Tío —dijo Bry son a uno de los hombres cuando pasaban por delante de él —. Después de lo que acabo de ver en tus archivos, espero que nunca tengas hijos. 4 El club Negro y Azul era prácticamente como Michael lo había imaginado, solo que un poco más ruidoso y más caluroso, y con tanta belleza humana que sabía que jamás vería nada igual en el mundo real. La música reventaba los tímpanos, retumbaba y bramaba desde unos gigantescos altavoces colgados del techo, y las luces estroboscópicas emitían destellos que cegaban al personal. Un resplandor rojo envolvía el ambiente, se proy ectaba sobre las personas que bailaban, daban vueltas y saltaban sobre el suelo. El calor corporal inundaba la atmósfera, cálida y sofocante. Mirase a donde mirase, Michael no veía más que perfección. Peinados perfectos, atuendos perfectos, musculaturas perfectas, piernas perfectas. « No son mi tipo» , pensó sonriendo. Él prefería a las chicas normalitas, despeinadas y con restos de patatas fritas en la blusa. —Vamos a dar una vuelta, ¡a encontrar a esa mujer! —gritó a los otros dos. Se preguntó si la aplicación para la lectura de labios era algo que se descargaban con frecuencia los habituales del local; no podía oírse ni a sí mismo. Bry son y Sarah se limitaron a asentir en silencio. Empezaron a abrirse paso entre las hordas de guapos clientes.