interesantes, que hemos rescatado del vertedero que es vuestro banco de datos, a
todas las personas de vuestras listas de contactos. Si llego hasta diez,
empezaremos a borrar cosas que no querríais que se borrasen.
—¡Mientes! —replicó el hombre situado a la derecha—. Y seré y o el que
cuente. Cuando llegue a dos, empezaré a repartir puñetazos como loco. O a lo
mejor empiezo a hackearos.
—Uno —dijo Sarah en voz baja—. Dos.
El gorila de la izquierda estaba poniéndose cada vez más nervioso.
—No te atreverás. ¡No puedes acceder a nuestra información personal!
—Tres. Cuatro. —Se volvió hacia Michael, que permanecía callado. En
realidad estaba disfrutando del espectáculo—. Prepara la lista de distribución.
—La tengo —dijo él, intentando no reírse a toda costa.
Una vez más, Sarah miró de frente a los gorilas.
—Cin…
—¡Espera! —gritó el hombre de la derecha—. ¡Para!
—Os dejaremos entrar —anunció su compañero—. ¡Me importa una
mierda! Pero tenéis que parecer may ores o nos buscaréis un problema.
—Está bien —respondió Sarah—. Vamos, chicos.
—Tío —dijo Bry son a uno de los hombres cuando pasaban por delante de él
—. Después de lo que acabo de ver en tus archivos, espero que nunca tengas
hijos.
4
El club Negro y Azul era prácticamente como Michael lo había imaginado, solo
que un poco más ruidoso y más caluroso, y con tanta belleza humana que sabía
que jamás vería nada igual en el mundo real. La música reventaba los tímpanos,
retumbaba y bramaba desde unos gigantescos altavoces colgados del techo, y las
luces estroboscópicas emitían destellos que cegaban al personal. Un resplandor
rojo envolvía el ambiente, se proy ectaba sobre las personas que bailaban, daban
vueltas y saltaban sobre el suelo. El calor corporal inundaba la atmósfera, cálida
y sofocante. Mirase a donde mirase, Michael no veía más que perfección.
Peinados perfectos, atuendos perfectos, musculaturas perfectas, piernas
perfectas.
« No son mi tipo» , pensó sonriendo. Él prefería a las chicas normalitas,
despeinadas y con restos de patatas fritas en la blusa.
—Vamos a dar una vuelta, ¡a encontrar a esa mujer! —gritó a los otros dos.
Se preguntó si la aplicación para la lectura de labios era algo que se descargaban
con frecuencia los habituales del local; no podía oírse ni a sí mismo.
Bry son y Sarah se limitaron a asentir en silencio. Empezaron a abrirse paso
entre las hordas de guapos clientes.