rostro simulado. Habían traspasado, con mucho, los límites legales de la
manipulación de código, y estaban a punto de ir incluso más lejos. Con tan poca
planificación, el chico sabía que el riesgo que corrían era demasiado elevado
como para estar tranquilo.
Sarah se levantó de golpe.
—Vamos a darnos prisa antes de que se den cuenta de que hemos hecho algo.
Sus amigos se levantaron como pudieron para seguirla, y cuando se
acercaban a los mastodontes que vigilaban la puerta trasera del Negro y Azul, a
Michael lo asaltó un pensamiento repentino aunque reconfortante: la SRV les
había pedido que lo hicieran. Tal vez les concedieran cierto margen para hacer
cosas que « técnicamente» violaban la ley.
El matón de la izquierda fue el primero en verlos; miró a los tres adolescentes
que se acercaban con expresión muy divertida. Sabía que le habían echado el ojo
y seguramente se relamía ante la posibilidad de negarse a otro torpe intento de
acceso al club. Se hizo crujir los nudillos y soltó una risotada socarrona al tiempo
que propinaba un codazo a su compañero.
—Hazlo tú —susurró Michael a Sarah, pues se puso nervioso de pronto—. Ha
sido idea tuy a.
—Amén —añadió Bry son.
Se detuvieron a escasos metros de los gorilas. El que estaba a la derecha se
sumó a su compañero para mirarlos.
—Dejad que adivine —dijo el de la izquierda. Michael vio que ambos
hombres eran prácticamente idénticos—. ¿Queréis ofrecernos una piruleta para
que os dejemos entrar a jugar? ¿Unos conejitos de gominola?
Su compañero soltó una risotada, como el restallido de un trueno.
—No perdáis el tiempo, chavales. Id a los recreativos a matar marcianitos. O
al club de adolescentes que está al final de la calle. No os queremos ver la jeta
por aquí.
Michael no podía creer lo nervioso que estaba. Había hecho un montón de
locuras, pero ahora que se jugaba tanto, le temblaban las rodillas. Sarah, no
obstante, parecía sentirse como pez en el agua.
—Os hemos robado el código —soltó, con tanta serenidad que asustó un poco
a Michael—. Ahora mismo envío las pruebas. —Cerró los ojos durante unos
breves instantes mientras enviaba los pocos archivos que habían robado, y luego
lanzó una desagradable mirada a los gorilas. El farol estaba en marcha.
El hombre de la izquierda se quedó paralizado y abrió los ojos como platos; su
compañero retrocedió, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—Acabaréis con los huesos en la cárcel por esto —les espetó—. Apuesto a
que hay alguien derribando la puerta de vuestra casa mientras hablamos.
—Ese es nuestro problema —respondió Sarah—. Ahora voy a empezar la
cuenta atrás. Cuando llegue a cinco, enviaré unos cuantos rumores muy