Cutter se quedó mirándolo.
—Ríete lo que te dé la gana. Yo no soy el que necesita algo. Lo último que
recuerdo es que tú sí.
Sarah fulminó a Michael con su mirada castigadora, esa que solo las chicas
saben lanzar.
—Lo sentimos, señor. De verdad. Está claro que no tenemos ni idea de cómo
hacer esto. Nunca hemos hecho nada parecido.
Michael hizo una mueca de disgusto al oírlo; el hombre podía ser viejo, pero
estaba claro que los recordaba. El chico metió baza para tapar la mentira.
—Podemos darle algo a cambio de la información. Un abono completo de fin
de semana para el torneo de póquer del Casino. —Solo esperaba que sus padres
no se percataran del dinero que les faltaría en la cuenta corriente.
Cutter le clavó los ojos; al fondo de la mirada del anciano Michael vislumbró
una claridad que jamás había visto, y supo que lo habían conseguido.
—Incluy endo las copas —dijo el hombre—. Quiero barra libre, os lo
advierto.
—Está bien —respondió Michael—. Y ahora, empiece a largar.
—Puede que no os guste lo que tengo, pero es lo mejor que he conseguido. Y
vais a tener que confiar en mí cuando os diga que os estoy guiando por el camino
correcto para encontrar lo que andáis buscando.
—Está bien —contestó Sarah—. Vamos a oírlo.
Cutter había dejado de cortar el pelo a Bry son, aunque Michael no podía
recordar cuándo lo había hecho. Sacudió la espalda de la capa que su amigo
llevaba puesta y luego se la quitó. Bry son dio las gracias a toda prisa y se levantó
para colocarse junto a sus amigos, con la misma expresión expectante que
Michael por saber lo que el barbero tenía que decir.
—A lo largo de estos años, me han llegado muchos rumores al local —explicó
el anciano—. Pero vosotros preguntáis por la información más terrible que he
escuchado en mis ocho décadas de vida.
Esto impacientó aún más a Michael.
—¿Y?
—Hay muchas noticias sobre el tal Kaine, que está por ahí, eso seguro. No
planea nada bueno. Secuestros, lobotomías… Además dicen que hay un lugar
donde esconde algo. No se sabe qué está ocultando ni dónde. Solo que es algo
gordo.
—Todo eso y a lo sabemos —comentó Sarah—. ¿Cómo podemos encontrarlo
a él o ese lugar? ¿Por dónde empezamos?
Cutter frunció los labios con un gesto que bien podría haber sido una sonrisa,
aunque Michael no lo tenía muy claro. Parecía una mueca más bien.
—Será mejor que esa noche de póquer valga la pena, chavales, porque he
contado a menos gente lo que estoy a punto de revelaros que dedos tengo en el