—Pues ahora está haciéndome daño —espetó Michael entre toses.
El hombre lo soltó.
—Compórtate y esto será lo peor que te ocurra. ¿Aceptas el trato, chico?
—Está bien —respondió Michael a regañadientes, porque ¿qué otra cosa
podía hacer? ¿Pedir que le dieran un tiempo para pensarlo?
El hombre pareció relajarse con la respuesta.
—De acuerdo. Ahora, siéntate bien y cierra el pico —le ordenó—. Espera,
no, antes, discúlpate con mi amigo, lo que has hecho ha sido del todo innecesario.
Michael miró al tipo que tenía a su izquierda y se encogió de hombros.
—Lo siento. Espero que todavía puedas tener hijos.
El hombre no respondió, pero la mirada que le lanzó a través del
pasamontañas fue implacable. Apocado por la ira del hombre, Michael miró
hacia otro lado. La adrenalina y a no fluía, se le habían acabado las fuerzas, y
estaban llevándolo por la ciudad cuatro hombres con pasamontañas negros.
La situación no pintaba muy bien.
7
Realizaron el resto del tray ecto en completo silencio. Sin embargo, a Michael
seguía latiéndole el corazón al ritmo de la batería de un grupo de heavy metal.
Pensó que y a había pasado miedo antes. Se había visto en incontables situaciones
horrorosas en la Red Virtual que parecían del todo reales. Pero es que esa era
real. Y sentía más miedo del que hubiera experimentado jamás. Se preguntó si
podría morir de un infarto a la tierna edad de dieciséis años.
Como si fuera una broma de mal gusto, cada vez que miraba por la
ventanilla, veía los carteles de Sangre vital profunda. Aunque la diminuta parte
optimista de su cerebro no paraba de decirle que, de alguna forma, saldría de
aquella vivo, él sabía que ser secuestrado por hombres encapuchados no era algo
que acabara bien en la may oría de los casos. Los anuncios no hacían más que
recordarle que su sueño de llegar a la Profunda seguramente no se haría realidad.
Al final llegaron a las afueras de la ciudad y entraron en el gigantesco
aparcamiento del estadio en el que jugaban los Falcons. Estaba desierto, el
conductor se dirigió a la primera fila, paró el coche y puso el freno de mano; la
imponente estructura se alzaba frente a ellos. Había una señal en esa plaza de
aparcamiento que indicaba: RESERVADO. SE AVISA GRÚA.
Se oy ó un pitido procedente de algún lugar del coche, seguido por un crujido
en el exterior y el traqueteo de algún mecanismo. De inmediato el vehículo
empezó a hundirse en el suelo, y a Michael le dio un vuelco el corazón. Mientras
descendían, la luminosidad del día no tardó en fundirse con la iluminación de los
fluorescentes del interior.
Al final el coche se detuvo con un ligero sobresalto. Michael miró a su