EL JUEGO INFINITO | Page 21

—Pues ahora está haciéndome daño —espetó Michael entre toses. El hombre lo soltó. —Compórtate y esto será lo peor que te ocurra. ¿Aceptas el trato, chico? —Está bien —respondió Michael a regañadientes, porque ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Pedir que le dieran un tiempo para pensarlo? El hombre pareció relajarse con la respuesta. —De acuerdo. Ahora, siéntate bien y cierra el pico —le ordenó—. Espera, no, antes, discúlpate con mi amigo, lo que has hecho ha sido del todo innecesario. Michael miró al tipo que tenía a su izquierda y se encogió de hombros. —Lo siento. Espero que todavía puedas tener hijos. El hombre no respondió, pero la mirada que le lanzó a través del pasamontañas fue implacable. Apocado por la ira del hombre, Michael miró hacia otro lado. La adrenalina y a no fluía, se le habían acabado las fuerzas, y estaban llevándolo por la ciudad cuatro hombres con pasamontañas negros. La situación no pintaba muy bien. 7 Realizaron el resto del tray ecto en completo silencio. Sin embargo, a Michael seguía latiéndole el corazón al ritmo de la batería de un grupo de heavy metal. Pensó que y a había pasado miedo antes. Se había visto en incontables situaciones horrorosas en la Red Virtual que parecían del todo reales. Pero es que esa era real. Y sentía más miedo del que hubiera experimentado jamás. Se preguntó si podría morir de un infarto a la tierna edad de dieciséis años. Como si fuera una broma de mal gusto, cada vez que miraba por la ventanilla, veía los carteles de Sangre vital profunda. Aunque la diminuta parte optimista de su cerebro no paraba de decirle que, de alguna forma, saldría de aquella vivo, él sabía que ser secuestrado por hombres encapuchados no era algo que acabara bien en la may oría de los casos. Los anuncios no hacían más que recordarle que su sueño de llegar a la Profunda seguramente no se haría realidad. Al final llegaron a las afueras de la ciudad y entraron en el gigantesco aparcamiento del estadio en el que jugaban los Falcons. Estaba desierto, el conductor se dirigió a la primera fila, paró el coche y puso el freno de mano; la imponente estructura se alzaba frente a ellos. Había una señal en esa plaza de aparcamiento que indicaba: RESERVADO. SE AVISA GRÚA. Se oy ó un pitido procedente de algún lugar del coche, seguido por un crujido en el exterior y el traqueteo de algún mecanismo. De inmediato el vehículo empezó a hundirse en el suelo, y a Michael le dio un vuelco el corazón. Mientras descendían, la luminosidad del día no tardó en fundirse con la iluminación de los fluorescentes del interior. Al final el coche se detuvo con un ligero sobresalto. Michael miró a su