EL JUEGO INFINITO | Página 20

agujeros del tejido. El chico se quedó paralizado, tan solo un instante, aunque fue suficiente. El hombre lo derribó y su cuerpo impactó contra el suelo. Michael abrió la boca para gritar, pero una fría mano le tapó la cara y lo silenció. El pánico le atravesó el cuerpo, como una espada candente, y la adrenalina fluy ó por su organismo mientras se retorcía y empujaba a su atacante. Sin embargo, el hombre era demasiado fuerte y puso a Michael boca abajo, reteniéndolo con los brazos a la espalda. —Deja de luchar —ordenó el desconocido—. Nadie va a hacerte daño, pero no tenemos tiempo para tonterías. Necesito que subas al coche. Michael tenía la cara pegada al asfalto. —¿De veras? ¿Estaré seguro? Es justo lo que estaba pensando. —Cierra ese piquito de oro, mocoso. No podemos permitir que nadie descubra nuestra identidad. Ahora sube al coche. El hombre se incorporó y levantó a Michael consigo. —Tu culo —espetó el desconocido e hizo una pausa dramática—. Mételo en el coche. Michael realizó un último y penoso intento de zafarse, pero fue inútil. El hombre lo agarraba con una fuerza descomunal. Michael no tuvo más opción que hacer lo que le ordenaban. La lucha lo había dejado sin fuerzas, y permitió que el hombre lo colocara en el asiento trasero del coche, donde se apretujó junto a otro individuo con pasamontañas. La puerta se cerró de golpe, y el vehículo salió pitando, con el chirrido de las ruedas reverberando contra las paredes del desfiladero de cemento. 6 Cuando el coche salió a toda pastilla del callejón para incorporarse a la calle principal, Michael empezó a pensar a toda prisa: ¿quiénes eran esas personas y adónde lo llevaban? Una nueva oleada de pánico volvió a invadirlo, y reaccionó. Le clavó el codo en la entrepierna al tío que tenía a la izquierda, luego se lanzó hacia la puerta mientras el hombre se retorcía de dolor y soltaba unos tacos que habrían ruborizado incluso a Bry son. Michael acababa de poner los dedos sobre la manija de la puerta cuando el primer matón lo echó hacia atrás de un tirón, rodeándolo por el cuello con un brazo. El hombre apretó con fuerza hasta que Michael empezó a jadear, intentando respirar. —Déjalo y a, chico —le dijo con demasiada calma. Por algún motivo, esas eran las últimas palabras que Michael deseaba escuchar. Empezó a sentir como se le hinchaba el pecho de rabia y luchó por zafarse de su captor. —¡Déjalo y a! —gritó esta vez el desconocido—. Deja de comportarte como un crío y tran quilízate. Ya te he dicho que no vamos a hacerte daño.