agujeros del tejido. El chico se quedó paralizado, tan solo un instante, aunque fue
suficiente. El hombre lo derribó y su cuerpo impactó contra el suelo.
Michael abrió la boca para gritar, pero una fría mano le tapó la cara y lo
silenció. El pánico le atravesó el cuerpo, como una espada candente, y la
adrenalina fluy ó por su organismo mientras se retorcía y empujaba a su
atacante. Sin embargo, el hombre era demasiado fuerte y puso a Michael boca
abajo, reteniéndolo con los brazos a la espalda.
—Deja de luchar —ordenó el desconocido—. Nadie va a hacerte daño, pero
no tenemos tiempo para tonterías. Necesito que subas al coche.
Michael tenía la cara pegada al asfalto.
—¿De veras? ¿Estaré seguro? Es justo lo que estaba pensando.
—Cierra ese piquito de oro, mocoso. No podemos permitir que nadie
descubra nuestra identidad. Ahora sube al coche.
El hombre se incorporó y levantó a Michael consigo.
—Tu culo —espetó el desconocido e hizo una pausa dramática—. Mételo en
el coche.
Michael realizó un último y penoso intento de zafarse, pero fue inútil. El
hombre lo agarraba con una fuerza descomunal. Michael no tuvo más opción que
hacer lo que le ordenaban. La lucha lo había dejado sin fuerzas, y permitió que el
hombre lo colocara en el asiento trasero del coche, donde se apretujó junto a otro
individuo con pasamontañas. La puerta se cerró de golpe, y el vehículo salió
pitando, con el chirrido de las ruedas reverberando contra las paredes del
desfiladero de cemento.
6
Cuando el coche salió a toda pastilla del callejón para incorporarse a la calle
principal, Michael empezó a pensar a toda prisa: ¿quiénes eran esas personas y
adónde lo llevaban? Una nueva oleada de pánico volvió a invadirlo, y reaccionó.
Le clavó el codo en la entrepierna al tío que tenía a la izquierda, luego se lanzó
hacia la puerta mientras el hombre se retorcía de dolor y soltaba unos tacos que
habrían ruborizado incluso a Bry son. Michael acababa de poner los dedos sobre
la manija de la puerta cuando el primer matón lo echó hacia atrás de un tirón,
rodeándolo por el cuello con un brazo. El hombre apretó con fuerza hasta que
Michael empezó a jadear, intentando respirar.
—Déjalo y a, chico —le dijo con demasiada calma.
Por algún motivo, esas eran las últimas palabras que Michael deseaba
escuchar. Empezó a sentir como se le hinchaba el pecho de rabia y luchó por
zafarse de su captor.
—¡Déjalo y a! —gritó esta vez el desconocido—. Deja de comportarte como
un crío y tran quilízate. Ya te he dicho que no vamos a hacerte daño.