enfurruñaba ni se ofendía si lo único que te apetecía era gruñir como un animal
que despertaba de la hibernación. Ella no se escandalizaba.
Además, su comida era deliciosa. Casi tan buena como la de la Red Virtual.
Michael engulló hasta la última miga del desay uno, luego salió a coger el tren.
5
Las calles estaban abarrotadas: trajes, faldas y tazas de café hasta donde
alcanzaba la vista. Había tantas personas que Michael habría jurado que estaban
multiplicándose como células reproductoras ante sus propios ojos. Todas tenían la
mirada habitual, perdida, aburrida, que el chico conocía tan bien. Como él,
habían sufrido durante sus deprimentes jornadas de trabajo o estudio hasta que
podían regresar a casa y volver a entrar en la Red Virtual.
Michael se incorporó al flujo de transeúntes, esquivando a los pasajeros de los
trenes de cercanías a izquierda y derecha, y llegó hasta la avenida principal,
luego giró a la derecha por su atajo de siempre: un callejón de sentido único lleno
de cubos de basura y montañas de desperdicios. No lograba entender por qué
esos residuos nunca llegaban al interior de los grandes contenedores metálicos.
Sin embargo, en una mañana como aquella, la perspectiva de compartir la calle
con bolsas de patatas vacías y pieles de plátano tiradas en el suelo hacía que la
masa en movimiento quisiera salir de allí pitando.
Había recorrido el callejón hasta la mitad cuando el chirrido provocado por el
frenazo de unos neumáticos lo hizo parar en seco. El rugido de un motor retumbó
desde el final de la calle, y Michael se volvió de golpe. En cuanto vio el coche
que se aproximaba —de opaca carrocería gris, como una tormenta agonizante—,
lo supo. Supo que ese vehículo estaba allí por él y que aquello no iba a tener un
final feliz.
Dio media vuelta y echó a correr, convencido de que, sin importar quién se
hubiera propuesto seguirlo, había planeado acorralarlo en aquel callejón. El final
parecía a kilómetros de distancia; jamás lograría llegar hasta allí. El rugido del
motor aumentaba de volumen a medida que iba acercándosele y, pese a las
experiencias tan peculiares y aterradoras que Michael había tenido en el sueño,
el terror afloró en su pecho. Un terror real. « Vay a manera de acabar: aplastado
como un bicho en un callejón plagado de basura» , pensó.
No se atrevió a mirar hacia atrás, pero podía sentir cómo se aproximaba el
coche. Estaba cerca, y él no tenía forma de escapar. Dejó de intentar huir y se
agazapó detrás del siguiente montón de basura. El vehículo frenó en seco
mientras él rodaba por el suelo y se levantaba de un salto, listo para salir
corriendo en dirección contraria. La puerta trasera del sedán se abrió de golpe, y
salió un hombre elegantemente vestido, con el rostro cubierto por un
pasamontañas de color negro y los ojos clavados en Michael, mirando por los