alrededor y vio que estaban en un enorme aparcamiento subterráneo con al
menos una docena de coches estacionados a lo largo de una pared. El conductor
retiró el freno de mano, ocupó una plaza libre y apagó el motor.
—Ya hemos llegado —anunció.
Michael pensó que era un comentario innecesario.
8
Dieron dos opciones a Michael: podían llevarlo a rastras tirando de él por los pies,
para que viera el asfalto de cerca, o podía acompañarlos caminando por sus
propios medios sin intentar ninguna tontería. Escogió la segunda opción. Mientras
avanzaban a su lado, el corazón le latía con tanta fuerza que creía que iba a
salírsele del pecho.
Los cuatro hombres lo hicieron cruzar una puerta, recorrer un pasillo y lo
llevaron por otra puerta hasta una gran sala de reuniones. O al menos eso le
pareció la habitación a Michael, a juzgar por la alargada mesa de madera de
cerezo, los acolchados sillones de cuero y la tarima iluminada del rincón. Le
sorprendió ver que solo los esperaba una persona: una mujer. Era alta y de larga
melena negra, ojos grandes y almendrados. Era preciosa y aterradora al mismo
tiempo.
—Dejádmelo a mí —dijo. Tres palabras pronunciadas con dulzura que, no
obstante, provocaron que los hombres salieran prácticamente espantados por la
puerta y la cerraran detrás de sí, como si la temieran más que a cualquier otra
cosa en el mundo.
Esos impactantes ojos se clavaron en el rostro de Michael.
—Me llamo Diane Weber, pero tú te dirigirás a mí llamándome agente
Weber. Por favor, toma asiento. —Hizo un gesto para señalar la silla más
próxima al chico, y él tuvo que armarse de valor para esperar antes de sentarse.
Se obligó a contar hasta cinco, a observarla, a intentar no desviar la mirada.
Luego hizo lo que ella le había pedido.
Ella se acercó y se sentó a su lado, luego cruzó sus largas y hermosas piernas.
—Siento todo el follón que se ha montado para traerte hasta aquí. Lo que
estamos a punto de hablar es de una urgencia y confidencialidad extremas, y no
quería perder ni un minuto… preguntando.
—Estoy faltando a clase. Preguntar no hubiera estado mal. —En cierta
forma, ella lo había tranquilizado, y eso le molestó. Estaba claro que era una
manipuladora, que utilizaba su belleza para ablandar el corazón de los hombres
—. En cualquier caso, ¿para qué me necesitan?
Al sonreír, ella dejó a la vista una dentadura perfecta.
—Eres un jugador, Michael. Con excelentes habilidades para la codificación.
—¿Es una pregunta?