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desde una semana antes . No lograba entender por qué habían modificado su conducta en esa ocasión .
El tiempo se le echaba encima . Regresó al coche y cogió el mando de la puerta del garaje que guardaba en el pequeño receptáculo que había bajo el volante . Volvió a cerrar la puerta del vehículo , en esta ocasión de un modo menos rotundo y sonoro que la anterior , y se dirigió con paso tambaleante a la rampa de salida ; pensó que alcanzaría el portal por el exterior del edificio .
Comenzaba a impacientarse . Necesitaba con urgencia una ducha fría y afeitarse si quería llegar al primer día de ensayo en un estado óptimo y a la hora acordada . La puntualidad se había convertido en su mayor obsesión , desde que había perdido el que iba a ser su primer gran proyecto audiovisual , por llegar tarde al primer ensayo ; fue despedido fulminantemente . Con su rostro cubierto en lágrimas , aquella misma mañana se prometió a sí mismo que ese descuido horario sería el último . Desde entonces , convirtió en propio el eslogan de « mejor una hora antes que un minuto tarde ».
Ascendió la rampa completamente absorto , ya con la mente puesta en el ilusionante día que le aguardaba , mientras presionaba el botón del mando . Mantuvo la vista pegada al suelo para concentrarse en sus pensamientos . El sudor regresó a su rostro y , sin darse cuenta , su respiración se aceleró . Tuvo la sensación de estar a punto de alcanzar el pico de un ocho mil , a pesar de que la inclinación de la cuesta tan solo se elevaba un diez por ciento sobre el pavimento del garaje . Al no escuchar el motor de la puerta automática , volvió a pulsar el control remoto una vez más , pero el mecanismo tampoco se activó en esa ocasión . Era la primera vez que fallaba la apertura de aquella pesada puerta basculante de acero inoxidable que le separaba del exterior .
Levantó la mirada y fue entonces , a apenas cinco metros de la puerta , cuando se dio cuenta de que aquel acceso también había
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