su lado.
—Tengo entendido que es usted española,
señorita.
—Sí, Señor— Contestó educadamente. Él la
observaba impasible, su comportamiento como
sumisa era innato. No sabía de protocolo y aún
así le surgía solo.
—Mi familia es de allí, aunque yo nací aquí. Más
adelante será un placer con el permiso del
Señor Kichner, entablar una conversación sobre
la bella España.
Foto: Eta Mae
—Por supuesto, Señor. El hombre se dirigió de nuevo a Björn y le tendió la mano con una sonrisa en los
labios, como si aceptara la presencia de Liz en aquella extraña fiesta. Observó como una pareja estaba
preparando algo, la gente se arremolinaba a una distancia prudente. Liz quiso acercarse más y él la detuvo.
—Cuando una pareja va a sesionar, no se ve con buenos ojos que otras personas invadan su espacio, se
interrumpa o se hable, pequeña. Quédate aquí conmigo.
Liz, asintió y se quedó a su lado. Vio como preparaban unas cuerdas. La mujer se desnudó. Sus ojos miraban
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