con la inocencia infantil de una niña y las ganas de aprender y saber. Björn sonreía, las ataduras
eran uno de sus juegos preferidos.
—Es Shibari, pequeña. Él es un Maestro. Observa.
Observó embelesada como la mujer era vestida por manos expertas pero su atuendo no era
ropa cualquiera, sino cuerdas que la dejaban incapacitada de movimiento, y a expensas del
hombre que la estaba atando. En sí, cualquier persona podría sentirse moralmente abstraído
ante esas imágenes, pero en ella despertaban una cierta curiosidad. Él la observaba
complacido, a sabiendas que se sentía atraída por las cuerdas y por la sensación de ponerse
en manos de otra persona y de que su cuerpo dejara de ser por un momento suyo para ser de
él. El grado de confianza de esa mujer hacia su Amo era sin duda algo muy atrayente.
Al observar su interés, se acercó a su oído calentando su cuello, ante ese leve acercamiento
se excitó. —Es un arte pequeña y se rige por reglas estéticas. Si se ejecuta de manera correcta,
esas cuerdas que ves en el cuerpo de la mujer pueden llevarte a un viaje de placer y erotismo
devastador. Ella no se dio cuenta pero se mordió levemente el labio, produciendo en él una
excitación incontrolable. La cogió de la mano sin decir nada y se la llevó casi arrastras. Liz no
dijo una sola palabra y se dejó guiar por él.
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