El Desván BDSM El Desván n.12 - febrero 19 | Page 31

Sabía lo que tenía que hacer, no había dudas que se trataba de nuestra palabra clave. Me disculpé y fui al servicio. Allí, como las otras veces, me quité las bragas, las guardé en mi bolso y salí del baño, de nuevo hacia la mesa. Los dos me miraban con una sonrisa. Esa complicidad me resultó muy sospechosa. Al sentarme de nuevo junto a KARL, deslizó una mano hasta mi muslo y yo, instintivamente, separé las piernas por si quería inspeccionar si su orden había sido cumplida. Normalmente solía hacerlo con el sigilo suficiente para que nadie, excepto nosotros dos lo supiéramos, como tantos otros deliciosos momentos en los que compartíamos el juego en lugares públicos, aumentando la excitación del encuentro. Esta vez me pareció que no era tan cauteloso, lo que me dejó un tanto sorprendida. Yo intenté disimular lo mejor que pude. Su mano, ya por debajo de la falda, subía a través de mi muslo, resbalando por las medias; luego palpó la blonda de la liga, para llegar hasta mi sexo. Aún notaba el roce de sus dedos cuando se dirigió a Roberto para decirle: «¿Ves? Ha cumplido la orden a la perfección». En ese momento me quedé atónita sin saber cómo reaccionar. Montar un numerito estaba totalmente descartado y tampoco quería que quedase mal delante de su amigo, pero es que una cosa era admitir ser su sumisa, comportarme como tal, otra muy diferente era hacer partícipe de mi condición a un tercero. También era más que evidente que Roberto no era alguien contratado como marta. Me había costado un mundo asumir mi rol, incluso todavía ciertas órdenes de KARL, como pedir un azote, se me hacían muy difíciles de cumplir para que ahora un desconocido, y sin mi autorización previa, supiese que yo era la perra de alguien. Roberto contestó: «ya veo que está bien adiestrada» y sin darme tiempo a decir nada, KARL le preguntó: «A que es una perra fantástica?». Roberto asintió. Yo seguía muda, sin saber qué decir y con su mano aún posada sobre mi sexo. Por fin, KARL la retiró. 31