Número 4 / Mayo de 2013
empezó a sentir con más fuerza lo segundo. El mojón de la preponderancia de ese sentimiento fue el tercer o cuarto coito, cuando Juan descubrió, por medio de un cubo de hielo, que el clima no era un factor a tener en cuenta para el levantamiento de los pezones de la yarnie. Lógicamente, los tiempos muertos, la brecha entre coito y coito se fue haciendo más grande: 3 hileras en 2 puntos derecho y 1 punto revés y hacer la segunda disminución … Entre el agotamiento y su manifestación cuasialucinógena la impresionabilidad, el matemático se quedó dormido. Juan no recuerda si se fue al mundo de los sueños en medio de un coito o del ritual yarnie, y no sabe, a ciencia cierta, si soñó el levantamiento de los pezones de la yarnie o si fue un sobresalto de la realidad. En cualquier caso, cuando abrió un ojo, la yarnie había sustituido las dos agujas, la # 4 y # 5, por una aguja lanera; con ella estaba terminando de retomar todos los puntos, terminando de fruncir y de coser la pieza que, a priori, parecía que nunca iba a finiquitar. El matemático tardó más que nunca en despertarse, es decir, en sentir un profundo dolor abdominal fruto de tanto trajín, en abrir los ojos y, acto seguido, enfocar a la yarnie desnuda: que ya no tejía, que le esbozaba una sonrisa y que le ofrecía su proyecto por fin completado. El matemático desdobló su regalo y, efectivamente, era un pasamontañas.
Conclusión: Si Juan lo usó o no lo usó, se puede deducir del texto. De todos modos, usarlo o no usarlo era un dilema matemático que equivalía a negar o no negar el quinto postulado de Euclides: dos rectas paralelas guardan entre sí una distancia finita. En suma, su disyuntiva era matemática, luego: estaba curado y por eso esta historia dejó de ser un secreto profesional.
Juan Fernando Ramírez Arango
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