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Dos Años de Vacaciones
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velocidad del buque había disminuido algún tanto
desde que había desaparecido la mesana, y esto
constituía un nuevo peligro. En efecto; las olas,
siendo más veloces que el yate, podían asaltarle por
la popa y llenarle. ¿Qué más podían hacer? Era
imposible aparejar la menor vela.
En el hemisferio austral, el mes de Marzo
corresponde al mes de Septiembre en el boreal, y las
noches tienen corta duración.
Eran ya las cuatro de la mañana; la luz del día no
debía tardar en aparecer al Este, es decir, encima de
aquella parte del Océano hacia la que la tempestad
empujaba al yate. Puede ser que con la alborada la
tormenta pierda en intensidad, o que se divise la
tierra, y en ambos casos la suerte de esta tripulación
de pequeñuelos se decida en algunos minutos.
A eso de las cuatro y media, alguna luz se dejó
ver efectivamente; mas por desgracia, las nieblas
limitaban el alcance de la vista a menos de un cuarto
de milla. Las nubes corrían con una velocidad espantosa.
El huracán no había perdido nada de su
fuerza, y el mar desaparecía bajo la espuma de las
olas al romperse. El schooner, tan pronto levantado en
la cima de una ola como hundido, al parecer, en el
fondo del abismo, hubiera zozobrado veinte veces si
el viento le hubiese cogido por los costados.
Los cuatro muchachos miraban atónitos aquel
caos, comprendiendo que si los furiosos elementos
no se calmaban pronto, su situación era desesperada,
pues materialmente imposible parecía que el Sloughi
resistiera aun veinticuatro horas la violencia de las
olas, que indudablemente acabarían por desbaratarle.
Pero ¡oh alegría! en este mismo instante Mokó
gritó:
-¡Tierra!... ¡Tierra!...
A través de la niebla el grumete creyó divisar al
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