No lograba entender que era lo que estaba sucediendo, mientras lo pensaba seguía caminando hasta donde se suponía que estaría mi hogar, pero no fue así, en su lugar me encontré con una casa un poco grande, totalmente blanca, parecía haber sido construida hacía muchos años atrás, de tres pisos, grandes ventanas, similares a la de las iglesias, un gran patio con muchos árboles, encerrada por una alta reja con punta filosa al final de ellas, desde fuera se podía ver varios caminos guiados por un sendero de rosas y un gran reloj sobresaliente en el techo.
La admiré por unos cuantos minutos; cuando por fin reaccioné decidí ir a investigar qué era lo que sucedía, entonces me paré enfrente de la puerta de aquella ostentosa casa, estaba lista para tomar medidas exageradas si no me dejaban entrar, pero para mi sorpresa me abrieron muy fácil la puerta.
Luego de caminar y visualizar un rato el jardín, encontré una pequeña puerta en la parte de atrás de la casa con un borde muy bonito, me acerqué a la puerta con temor y golpeé tres veces, pero nadie me abrió, entonces empujé la puerta con un poco de fuerza ya que era muy pesada, justo enfrente de la puerta se encontraban unas escaleras en forma de caracol, cerré la puerta y miré hasta el techo, las escaleras parecían infinitas a pesar de ser solo tres pisos. Comencé a subir las escaleras cuando un joven bajó a toda prisa hasta llegar al frente mío, se sostuvo en la baranda y retomó el aire, estaba un poco agitado, así que lo miré detalladamente, era de tez blanca, parecía de porcelana, su cabello era mono pero tan mono que parecía casi nieve, era muy delgado, sus manos y cara eran finas, tenía un anillo de plata en la mano izquierda, vestía una camisa blanca, un pantalón negro un poco ajustado, unos zapatos negros con una hebilla encima y sus ojos, sus ojos profundos y oscuros te hacían perder en él.