cicatriz abierta y que ya no me quedaban tiritas que ponerme sobre la piel. Desde entonces, y aunque imaginé tantas veces nuestro futuro, supe que no aparecería de nuevo y que tenía que borrar su nombre en cada esquina.
Aquella historia acabó dejándonos como antes de conocernos, la única diferencia era que yo sabía su nombre, y que la mayor parte de recuerdos, los teníamos en común. No te voy a mentir, fue bonito mientras duró, como dicen la mayoría de las historias de amor, pero también hubo muchas heridas que nos marcaron a los dos y uno al final decide soltar la cuerda antes de que esta le queme la mano de tanto estirar.
Nunca pensé que acabaríamos siendo como un par de desconocidos que ni se miran al cruzar, o que dejaríamos de hablar de la noche a la mañana porque hay otra persona que importa más. Durante un tiempo le eché de menos, para qué voy a mentirte, no quise asumir que había perdido al amor de mi vida porque tampoco asumí en su momento que me había perdido yo mucho antes. Ese es el error que la gente comete. Pretende querer a otra persona sin quererse a sí misma antes. Y créeme que es la mayor putada desconocida. Lo peor viene después, cuando le quieres ver en todas las personas que conocerás, cuando le has subido a un pedestal tan alto que ni tú mismo le puedes bajar, cuando ¡ malditos recuerdos! que te llegan por cualquier tontería a la mente y que no los puedes hacer callar. ¿ Qué si me pasó? Por supuesto. Por suerte no le cambié el nombre a ninguno por el suyo, aunque sí las ganas de querer y las ilusiones que llegaban de repente se esfumaban como el humo del cigarrillo