Al día siguiente mamá vino a verme, y para distraerme todos quisieron
llevarme al parque a dar una vuelta, pero no lo logré; cuando íbamos saliendo
me dio otra de estas crisis, me desesperé tanto que tuvieron que llevarme en
un carro al hospital y mientras íbamos de camino yo sentía que el mundo se
me venía encima, intentaba tranquilizarme dando suspiros de esos en los se
espera que la vida mejore, sin embargo, no paraba de llorar y abrazar a mi
mamá.
Me diagnosticaron ansiedad y depresión, me dejaron hospitalizada tres días
hasta que llegara el especialista a verme, y juro que fueron los días más largos
que he vivido. Durante ese tiempo estuve llorando demasiado, me dieron
muchísimas crisis que luego supe que se llamaban ‘‘ataques de pánico’’ y en
algunas ocasiones me suministraron un medicamento para calmarme, pero no
sirvió de mucho; pues lo único que me calmó un poco fueron las visitas de
mis familiares.
Luego llegó la salida, el doctor por fin me vio, me medicó y me envió en
control con psicología. Aunque sentía cierto alivio de salir de allí, apenas
empezaba todo, era el inicio de los tiempos hasta el momento más duros de
mi vida, pues los episodios se repetían, la tristeza no se iba, y el desaliento y
la ansiedad no me dejaban tranquila. Ha sido un proceso muy difícil, pero en
él conocí lo mejor de mi vida, encontré lo que les daría color a mis días grises.
Conocí a Dios y me conocí a mí.
En el 2015 empecé a bailar, y aunque amo y respeto la danza sé que es solo
un pretexto, el pretexto más lindo que Dios ha usado para decirme cuánto