desesperaba un poco, pero nadie lo notaba, de por sí siempre he sido algo
ansiosa, y aunque una que otra vez lo mencioné con mi mejor amiga, ella al
principio no entendía nada.
Estas sensaciones se repitieron durante mucho tiempo, pero no presté
atención hasta que empecé a notar que ya no podía más, que no dolía la
carne, dolía el alma. Reconozco que intentaba distraer la mente, pero nada
funcionaba, me agobiaba la tristeza, la ansiedad, el desespero y la falta de
esperanza; mi mamá sabía lo que me sucedía, y muy preocupada ella,
intentaba hacer lo posible porque mejorara mi ánimo, pero fue tan fuerte mi
debilidad emocional que un día exploté.
Me fui a casa de mi abuela a distraerme, mi mamá le comentó que yo estaba
un poco triste así que esa noche dormí con mi prima favorita y todos
estuvieron muy pendientes de mí. Ya acostada con ella, mientras hablábamos
y reíamos, me quedé por un rato callada y de repente tuve un impulso muy
feo, sentía un temor inmenso, me senté con afán en la cama, aunque sentía
ganas de salir a correr, empecé a gritar, lloraba, me sentía perdida y lo único
que lograba decirle a mi prima era que no sabía si estaba viva, que ella por
qué era mi prima, que me estaba volviendo loca… Al instante mi abuela entró
al cuarto muy asustada, me abrazaba con el amor más sincero que he sentido,
como diciéndome que me estaba muriendo, pero que solo el amor me
salvaría. Ella empezó a orar y trajo algo de agua bendita como buena abuela
colombiana, llamó a una tía y más familiares, todos vinieron y me calmaron, y
aunque no estaba bien, por un momento logré calmarme, hablar bien con
ellos y descansar esa noche.