Las paredes estaban
retumbando, el cuarto estaba
oliendo a sexo, a sexo con amor,
de ese olor de dos personas que
se
quieren y que sólo desean
amarse y estar juntos por mucho
tiempo, a lo lejos se escuchaban
las olas del mar arrullando este
bello momento. Nos fuimos a la cama
desnudos, nos miramos a los ojos y
agarrándonos las manos iniciamos
a hacernos el amor sin importarnos
el qué dirán, los prejuicios, era mi
primera vez, la de él no, pero junto a
mí lo estaba disfrutando como nunca.
Las manos se apoderaron
de nuestro cuerpo y juntándonos,
sentíamos nuestras partes muy
excitadas, la piel se estremecía
sólo de tocarlo, con nuestras
manos experimentábamos todo lo
que nuestra mente fuera capaz de
imaginar. Lo besé sin importarme
dónde. Recorrí con mi lengua su
cuerpo, sus rincones, sus salidas,
sus entradas, sus huesos; sus
ojos de borrego a medio morir me
excitaban mucho; sus gemidos,
sus labios llenos de placer, su
forma de tocarme, de abrazarme, de
arañarme, de pasarme su barba so-
bre mi cuerpo. Su lengua saboreo
cada parte de mi cuerpo y yo de él.
“¿Quieres
que
siga?...
no preguntes, solo siéntelo... Me
cuidaba, quería que estuviera bien
y no me sintiera mal, entendía que
era mi primera vez y no quería
que fuera mala, sólo que fuera la
mejor de mis noches, donde lo
recordara
por
siempre
como
me
estaba
haciendo el amor.
Mi mente
corría de un lado a otro pensando
muchas cosas, recorrió cada
uno de los rincones de la cama y
cada una de sus extremidades,
situaciones, posiciones y lo veía
a él, desnudo recorriendo con
su lengua mi cuerpo desnudo,
moviéndose junto a mi cuerpo y
tocándolo por completo, como
nunca había tocado a un hombre.
Deslizándose poco a poco
hacia abajo quedándose a la
mitad del cuerpo, donde la cintura
termina, se agarró para hacerme
el mejor sexo oral de mi vida.
Lubricaba de una forma impresio-
nante, estaba súper excitado, no
tenía miedo, tenía la sensación
de experimentar con él todo lo
referente al sexo, no quería que
quitara su boca de mi pene, quería
que esa boca caliente tocara todo
mi sentir, que sus labios y su
lengua recorrieran todo mi pene. Yo
me movía de un lado a otro, sentía
como su lengua caliente y húmeda
tocaba mi pene, como dentro de
su boca jugaba con mi cabeza y
su lengua hacía su trabajo con mis
testículos. Estaba feliz, sabía lo
que se sentía, mi cara no expre-
saba otra cosa más que una gran
excitación, era algo prohibido, es-
taba compartiendo un día perfecto.
Nos movimos de lado a lado de la
cama, las sábanas se fueron de
su lugar, parecíamos un volcán en
erupción, en ese cuarto ocurría un
temblor, y nosotros éramos los que
ocasionábamos eso, con sólo sentir.
No aguanté más, me
estaba desbordando de placer y
me volví loco, loco por tocarlo, por
besarlo, gemía de tal forma que lo
agarré apresuradamente y con su
boca húmeda llena del sabor de
mi pene, de mi semen, lo besé de
todas las formas posibles deján-
dolo sin aliento, sin más saliva que
crear. Estaba gimiendo y gritando;
sus sonidos guturales me daban
más placer. Lo abracé e hice lo
mismo con él, quería pro-
bar su pene, saber su olor, su
sabor, su tamaño, sentir su tex-
tura, su forma, su piel, su cabeza,
quería que mi boca y mi lengua
experimentaran
con
su
órgano
todo
tipo
de
sensaciones. Cerré los ojos,
de repente pensé que era una
prostituta, ahora sé que lo que
hice es por amor, por querer y
desear tanto a un hombre y que lo
haría una y mil veces por sentir lo
mismo que ese día; aunque las
cosas cambiaran desde el primer
minuto de haberlo hecho, para
bien o para mal, pero estábamos
librando
un
paso
más
en
nuestra
relación.
Tomó lubricante y puso
el dedo en mi ano, me pidió
hacerle lo mismo, él se revocaba
de placer al hacerle eso; besé sus
pompas, las toqué estaba logrando
estimularlo analmente. Con su
boca tomó un condón y me lo
puso en mi pene, me pidió que lo
penetrara y lo sintiera, quería
tenerme adentro. Mentalizando
una y mil posiciones, recordé el
Kamasutra
que
había
vis-
to en el Armario Abierto la
librería
sobre
sexualidad.