Por: Manuel Moreno
ricardo.moreno@tres-tercios.com
HISTORIAS DE MI CAMA
Eran mis vacaciones entre el paso de la
preparatoria a la universidad y la tarde del último
día llegó, el sol estaba por caer, Acapulco estaba
oscureciendo y nosotros estábamos con ganas, el calor, la
alberca, la gente, pues... lograban ponernos en un
punto límite entre el amor inocente y el sexual. Mis
amigos se subieron a bañarse para irse a
cenar, nosotros decidimos quedarnos en la alberca
platicando y jugando con el agua, viendo como
la luna iba ocultando al sol. El viaje de graduación
estaba por terminar, hoy estaba designado a
pasarlo cada quién con su respectivo. El calor nos
estaba poniendo muy... muy... calientes, excitados,
horny’s; palabras o términos que no había usado,
pero ahora era momento de experimentarlos y usarlos.
Dentro de la alberca al oído me dijo que me
quería mucho, que me deseaba, yo sólo me reí, na-
die me había dicho eso; Luis nunca me deseo, solo
fajamos y cachondeamos un poco. En el elevador, en-
tre beso y beso me preguntó: “¿quieres pasar la no-
che conmigo?”... y sin importarme lo que pasaría me
entregué, me entregué a las redes del amor y del
sexo; todavía recuerdo mi voz cachonda, estaba
muy deseoso, necesitaba de algo extra, algo que me
pusiera al tope, donde pudiera conocer lo que es sentirse
amado, lo que era un orgasmo, lo que era el sexo oral,
anal, las diferentes posiciones y la forma de hacer el amor.
Muchos dicen que el sexo es el mejor
antídoto para que el amor siga con su cauce, se supone
que es cuando ya llegaste a un punto de la relación
donde confías plenamente y quieres darlo todo por
esa persona, donde sabes de las precauciones y las
necesidades de cada uno, donde eres maduro
mentalmente para cualquier eventualidad, digo en nues-
tro caso no había tantos problemas porque no podíamos
embarazarnos, pero había que conocer el sexo gay, el
condón o aditamentos necesarios para tener una noche
espectacular, y aunque no era un conocedor, confiaba
en Joaquín, él sabía que terreno estábamos pisando.
Para mí era dar un paso más hacia lo que
sentía, a mi mundo; nunca había pasado de un faje
donde toqueteaba y me sentía usado, con asco, o una
persona sucia; ahora quería darlo todo. Lo adoraba,
lo deseaba, me excitaba, me ponía a mil cada que
me abrazaba, cada que me besaba sentía chispas,
quería tenerlo dentro de mí, quería hacerle sentir el
placer que nadie le había dado, quería enseñarle
cosas nuevas. Digo era inexperto, pero quería
conocerlo y desnudarlo, saborearlo con mi lengua,
tocar su cuerpo desnudo, excitarlo hasta que ya no
pueda y gritar lo mucho que deseaba estar conmigo,
hacer que mi saliva lo recorriera por todos sus rincones,
por todos sus vellos y mojarlos con mi húmedo
néctar, mi saliva deseosa de amar, quería hacer el amor.
Abrimos la puerta del cuarto y al cerrarla me acor-
raló sobre ella, me empezó a tocar y a recorrer con su
mano cada una de mis partes, me besó el cuello, ha-
ciéndome que me doblara del efecto; le metí un dedo a
su boca y se lo comió, chupándolo hasta que yo me lo
comí con mi lengua haciéndolo que me deseara. Nos
dimos un baño besándonos, el agua tocaba nuestra
ropa, sentíamos lo que nacía de nuestra piel, mojados
nos tocamos, nos reíamos de vernos y de saber lo fe-
lices que éramos en este momento. Poco a poco nos
fuimos quitando las prendas que teníamos puestas,
nuestros miembros estaban erectos, al tope, duros de
tanto sentirnos. Lo sentía pegado a mí. Su pene estaba
frotándose en mi cuerpo, yo me meneaba de la
excitación que traía sin pensar que lo que tanto había
soñado se estaba convirtiendo en el mejor día. No
aguantábamos más las ganas de vernos desnudos,
saborearnos y decirnos lo mucho que queríamos que
pasara este momento, no hablábamos, la boca estaba
ocupada, los sonidos que emitíamos eran suficientes para
comprender lo que estaba pasando en ese momento.
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