Regresó a casa, abrió la puerta y entró, no había nadie, la casa estaba fría y triste. De repente sintió la soledad, lo que había perdido. Se sentó en su sillón y se echó a llorar. Entre sollozos se preguntaba qué había pasado. No mucho tiempo atrás su vida parecía ir bien. Tenía un trabajo decente, con un sueldo suficiente para sacar adelante a su familia: su mujer Lisa y sus dos hijos.
Las cosas empezaron a ir mal. Un día regreso a casa, quemado por el trabajo. Sin ni siquiera saludar a su mujer, se sentó a la mesa. Dando un golpe con la cuchara empezó a gritar a su mujer porque la comida estaba fría. Aunque ella se disculpó, él siguió insultándola. De un golpe derramó el plato sobre la mesa, le dio una bofetada y le mandó que lo recogiera. Lisa, lastimada, se echó a llorar, no entendía por qué.
Unos días antes discutieron porque a su marido no le gustó como se había vestido para salir de compras con su mejor amiga. De mala manera le dijo que no era decente que una mujer casada anduviese así por la calle
a la vista de todos, que no se lo iba a permitir
Quemado
y que le prohibía que saliera con esa amiga,
que era una mala influencia y que sólo le debía importar su marido y sus hijos.
Decepcionada, después de que su marido saliera por la mañana al trabajo, se marchó con sus hijos a casa de sus padres. Entre lágrimas les contó lo que había sucedido, que se sentía muy triste y sin ganas de vivir. Le contó a su madre que su marido se había convertido en una bestia, que todo eran gritos y golpes, que el amor que ella sentía se había desvanecido y ahora sentía miedo cada vez que él llegaba a casa.
Cuando Efraín regresó encontró su hogar abandonado. No había rastro de su mujer ni de sus hijos. Pensó que tal vez estaría en casa de sus padres y llamó. Su suegra le dijo que su hija estaba allí, con los niños, que le había contado todo y que no iba a permitir que su hija y sus nietos volvieran a esa casa. De repente Efraín se dio cuenta de lo que había perdido. Corrió en busca de Lisa. Entre ruegos y llantos golpeó la puerta una y otra vez implorando que le perdonara, pero en vano, la puerta nunca se abrió.