Venganza
Era medio día cuando vio a su hija entrar a la casa con golpes en el rostro y una brecha en su mejilla por la que no cesaba de manar sangre; se asustó al verla así, se sintió peor cuando se desmayó.
Betula intentó decir algo con voz temblorosa, era poco lo que se podía entender, y con su llanto peor. Ni cesaba de susurrar que fue por venganza. Tuvo miedo, la abrazó y la envolvió en una toalla, la sangre no cesaba de brotar: "por venganza”, continuaba susurrando.
Betula acudía todos los días al instituto desde hacía varios meses. Un grupo de chicos comenzó a merodear por allí con frecuencia. Betula fijó su mirada con flirteo en el chico que comandaba la pandilla, le pareció encantador. Su amiga le advirtió del peligro que corría, que no sabía con quién estaba coqueteando. Después de unos días el chico se le acercó, le dijo que le gustaba, que era su chica y que volvería al día siguiente a por ella. Betula no se atrevió a negarse, su amiga la había dejado preocupada, eran la autoridad en el barrio y tenían fama de vengativos.
Esperó con temor el día siguiente, pero no venía. Cuando empezaba a sentirse aliviada, apareció, seguido de su pandilla. Le hizo un gesto para que le siguiera, pero ella, asustada, se apresuró en sentido contrario y desapareció entre la multitud de alumnos que deambulaban por el instituto.
Una semana después, saliendo de clase, se encontró frente a él. La estaba esperando. Le dijo que le había dejado mal frente a sus colegas y que pagaría por ello, que a él nadie le dejaba en ridículo. Cada día volvía al instituto y la esperaba a la salida. Simplemente la seguía con la mirada. Ella, intimidada, se agazapaba en sus libros, agachaba la cabeza y echaba a andar, mirando a su alrededor buscando una cara amiga.
Después de varias semanas, un día la estaba esperando a la salida del instituto, se acercó a ella y le dijo que venía a por lo que era suyo. La agarró por un brazo y ella asustada se revolvió y le abofeteó. Se la devolvió con rabia. Betula se llevó las manos a su rostro malherido y se echó a llorar. El chico se marchó con su pandilla y a partir de aquel día no volvió a verle por el instituto.
Un día llegó a su casa y su madre le dijo que alguien había entrado y lo había destrozado todo, pero que no se llevaron nada. Sonó el teléfono y era él. Betula se echó a llorar mientras él le decía que así aprendería a respetarle.
Pasó una semana. Un mañana, de camino al instituto, Betula, sin darse cuenta, pasó por donde se había reunido la pandilla. Al verla la miraron fijamente sin decir nada. Unos metros después se dio cuenta de que la perseguían, ni siquiera le dio tiempo a correr. La rodearon y la zarandearon entre todos. Ella se defendió como pudo lanzado con desesperación golpes al aire con sus brazos y piernas. Sintió un tremendo golpe en su rostro que la dejó desvalida, después abusaron de ella. Luego se marcharon y la dejaron allí, malherida en el suelo, inconsciente. Nadie acudió en su auxilio. Cuando recobró el conocimiento a duras penas pudo regresar a su casa.