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Como fuera de casa en ningún sitio
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Otra vez Teroux: «Su viaje desmantela el paisaje, y su versión
de los hechos es lo único relevante. Sin duda, no hace otra
cosa que engañarse, pero si no lo hiciera un poco nunca habría
partido hacia ningún sitio».
Viajar implica vivir todo el tiempo entre extraños, con sus
gestos impredecibles y confusos que no sabes interpretar. Con
sus olores acres que ellos no detectan, porque les son propios.
A eso hay que acostumbrarse pronto para que no emerja en ti
el supremacista occidental.
Porque eres tú el extraño y el que no sabe lo que debe sa-
berse. La anomalía está en ti, los naturales del lugar en el que
estás lo tienen claro. Aunque les cueste ponerse de acuerdo,
tienen reglas que respetan o no, pero que tú ignoras.
Entonces, es cuando te aproximas para parecerte a ellos y
compartir su mundo, cuando te miran levemente curiosos,
para intentar comprenderte o, simplemente, ignorarte.
En esas miradas está concentrada la fortaleza de tu ánimo.
No tienes más remedio que ponerte en sus manos y depen-
der de su amabilidad o su reticencia. Porque lo único cierto
es que tu vida está en sus manos. Así que ya puedes esforzarte
por caerles simpático sin parecer meloso. En definitiva, confiar
tu vida a extraños es lo que hacemos siempre para convivir.
En nuestras ciudades dependemos de extraños para todo:
en la calle, en el hospital, en la escuela y en el parque. ¿Dónde
está el problema? Ah sí, nos hemos dado unas reglas comunes.
Reglas que saltan en pedazos cada día, y que vemos refleja-
das en los noticieros y diarios mientras desayunamos; reglas
que convenimos en respetar a fuerza de ser coactivas.
Cuando estamos de viaje valoramos la aventura, nos atrae lo
raro; cuando estamos en casa valoramos la quietud, lo reglado.
Riesgo puede llegar a ser un trofeo o un desafío.
La apoteosis del desplazamiento llega cuando se inventa el